Incendiar, prohibir, olvidar

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Francisco Muro de Iscar Estos son mis principios; si no le gustan tengo otros», decía el genial Groucho Marx. ¿Por qué no va a ser igual de «genial» un presidente que cambia los suyos según lo piden las circunstancias? Hay seria preocupación en el PSOE ­–la que se ve, que siempre es pequeña en los partidos porque casi todos tienen miedo a perder un puesto en las listas o el cargo que disfrutan y en dar vida al enemigo– por la deriva nacionalista de Zapatero. El presidente está dispuesto a lo que sea para no perder Cataluña ni el apoyo del PSC, y, de cara a los presupuestos, haría bien Patxi López en tener el ojo abierto porque el acuerdo casi imprescindible con el PNV puede ser una bomba de relojería contra él, contra su Gobierno y contra el pacto con el PP. Zapatero no está dispuesto a que nadie le pase por ningún lado. Puede ser más soberanista que Carod Rovira, más nacionalista que Artur Más, aunque se cargue la España constitucional, y, si me apuran, más de derechas que Rajoy si hay que apretar las tuercas en el mercado laboral o en cualquier otro. Tiene principios para todo. Y si no le valen, los cambia, pero es posible que en cualquier momento no haya bomberos para apagar el incendio.
También crece la tentación gubernamental de prohibir lo que sea. Hay prohibiciones razonables y otras que no. Han prohibido fumar y dentro de poco los fumadores tendrán que llevar un distintivo identificador. La Generalitat de Cataluña, la que quiere más autonomía, prohibió que en sus campamentos de verano, los niños pudieran ver el partido en el que España se proclamó campeona del mundo. El Gobierno central estudia ahora prohibir que en los colegios se puedan vender bollos y refrescos. Me encanta tanta preocupación por la salud de nuestros ciudadanos y, sobre todo, de los más pequeños. Una niña de 16 años no podrá fumar ni comprarse un bollo o un refresco en el cole, pero sí podrá abortar casi libremente o comprarse la píldora abortiva en la farmacia sin trabas cuantas veces quiera. Sólo estoy de acuerdo con una prohibición que, sorprendentemente, ha hecho la ministra Bibiana Aído y que, igual de sorprendentemente, ha apoyado Zapatero: la de los anuncios de prostitución en los periódicos que, por otra parte, son una excelente fuente de ingresos y una forma de promover la peor explotación de la mujer, la trata de mujeres, el tráfico de menores, el proxenetismo, las mafias... Es decir, lo que debería avergonzar a todos en pleno siglo XXI: la esclavitud de decenas de miles de mujeres. Pero es curioso que la ministra que dice que estos anuncios «banalizan la prostitución» no sea consciente de que ella contribuye en primera línea a la banalización permanente del aborto. Y que detrás de ésta, hay más de 115.000 muertes de inocentes cada año y casi ninguna ayuda a las mujeres que quieren, y en muchos casos, no pueden, ser madres.

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