La valla de la discordia

 

Lucas Martín El lunes, contra todo pronóstico, decidió abandonar el minué. Los pasos ligeros nunca fueron lo suyo y ejecutados así, en mitad del amanecer y con poco fuelle en las piernas le hacían parecer un transatlántico en celo, una ballena herida. No es por eso, decía, sino porque me aleja del objetivo. El objetivo, claro, el objetivo. El profesor lleva meses haciendo lo mismo. Se levanta a la hora del ángelus y sale disparado en busca de alguna obra para dejar en el cemento la huella de su aplicado treinta y nueve, circunstancia que no sólo lo ha puesto en contacto con los presupuestos de la danza clásica y francesa, sino también, o al menos eso cree, de la eternidad. Yo no he intentado disuadirle. Al fin y al cabo, nunca me ha quedado claro dónde tienen las obras civiles su pedazo de infinito. Del Puerto de Málaga, nadie acierta a recordar sin esfuerzo el nombre del ingeniero que dibujó el contorno de la zona de atraque, pero a todos les viene a la cabeza la desaparición del silo. Resulta complicado averiguar si la leyenda o la maldición es más alargada en el que crea que en el que destruye. La valla del Puerto no nos socorre en lo más mínimo. Hablamos de la tipología de la gloria. El profesor está convencido de que la defensa encarnizada del muro se corresponde, en todo caso, a la misma categoría de eternidad arquitectónica a la que concurrieron con voracidad y perseverancia los constructores de las viviendas sociales del desarrollismo. Es algo muy español, añade. Alargado y tozudo.
El pie derecho del profesor sabe moverse en el aire, pero no entiende ni un colín de geografía. En Buenos Aires, la estampa es parecida. El Puerto se embarcó en una remodelación que pretendía rivalizar en modernidad y sofisticación con las grandes metrópolis del mundo. Incluso, se llamó a Calatrava, solícito como siempre a la hora de colocar sus puentes a esforzados concejales de urbanismo. Los porteños recelan de la estampa. Dicen que es un lugar para los turistas, que los barcos siguen dándole la espalda a la ciudad, ¿o era al revés? En Málaga, todavía no se ha llegado a ese extremo. Queda mucho para ingresar en la contemporaneidad, la primera avanzada de los cruceristas, a excepción de la nueva terminal, equivale penosamente a la estética de una fábrica de siderurgia. Se necesita avanzar con las obras, pero también la caída del muro. La perspectiva, a pesar de los edificios que emborronan la Catedral, recuperaría el tono marítimo y la continuidad con los metros que se alejan de la Plaza del Obispo para capitular inevitablemente en suelo húmedo. Otra cosa es que la imagen, la pretendida conexión con el Puerto, se corone con lo que el Ayuntamiento, en su afán didáctico, defiende con figuras tan sólo al alcance del profesor y de Nijinsky. ¿Hipermercado de lujo? Eso es un oxímoron, me dice.

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