Diez años y un día

 

Fernando Jáuregui Celebraban ayer los diez años de Zapatero como secretario general del PSOE. Una década de aquella dramática victoria en el congreso socialista, que apeó a José Bono y a Rosa Díez de la posibilidad de hacerse con el poder en el partido. Han transcurrido diez años y un día desde que el hasta entonces discreto e ignoto ZP se hiciese con los mandos, tras ganar a Bono por apenas nueve votos. Quién sabe lo que hubiese ocurrido de haber vencido en aquella reñida elección el ex ministro de Defensa y hoy presidente del Congreso de los Diputados; para algunos, hubiese sido mejor. Otros, alegando las últimas vicisitudes por las que han hecho transitar a Bono, opinan que con Zapatero ha sido, al fin y al cabo, mejor. Quién sabe.
Es el caso que hoy nos encontramos con el lógico desgaste del hombre que llegó para controlar con mano de hierro y guante de talante aterciopelado un partido que estaba casi en desbandada después del fracaso electoral de Almunia y de las rencillas intestinas tras las elecciones primarias que ganó Josep Borrell. Todo esto es, claro, pasado, pero merece la pena detenerse a ver cómo nos ha cambiado el país, Europa, el mundo, en la era (entre otros, desde luego) de un Zapatero cuyo paso por Ferraz y, luego, por La Moncloa ha estado, está, lleno de claroscuros.
Zapatero, es indudable, ha unificado el PSOE. Nadie en su sano juicio osaría levantar la voz contra él dentro de este partido. Las sesiones del comité federal han vuelto a ser aquellas reuniones apacibles en las que el aplauso es la voz dominante. Cierto que hay un par de «barones» autonómicos –el castellano– manchego Barreda, ocasionalmente el extremeño Fernández Vara– que de cuando en cuando se permiten deslizar alguna crítica, tan suave que se la haría pasar por un elogio más. Y los que se han situado frontalmente en la disidencia, como el veterano Joaquín Leguina, bordean ya su trasvase a otras aguas.
Y tampoco cabe duda de que, en La Moncloa, controla a sus ministros. Otra cosa es la patente descoordinación que se percibe en el Gobierno, o en determinadas áreas del Ejecutivo. Pero si de alguien es la culpa es del talento improvisador del supremo desorganizador, y de ningún otro. En una palabra: nadie le hace sombra, ni parece pretenderlo, en el universo socialista. Se han taponado hasta tal punto los posibles sucesores que le va a resultar muy difícil encontrar un delfín para el caso, que yo considero probable, de que no quiera volverse a presentar como cabeza de cartel del PSOE en las próximas elecciones generales.
Ocurre, no obstante, que Zapatero es un semidiós para los suyos, al menos mientras resten poder, influencia y sinecuras. Pero ese magma volátil al que llaman opinión pública (y publicada) está crecientemente contra él. La crisis económica, que es sin duda global, ha influido mucho en el descenso de su imagen, pero acaso haya tenido en ello mayor influencia la inseguridad jurídica que Zapatero imprime a sus actuaciones: lo que hoy es negro mañana puede ser verde o incluso blanco. Y eso, claro está, desconcierta al personal.
Y tengo para mí que tanto como esa mala coyuntura económica (tampoco bien gerenciada desde el Gobierno, por cierto), sobre la deficiente valoración que el presidente obtiene ahora en las encuestas también pesa una crisis institucional. Que no es exclusiva de este mandato socialista, sino que viene arrastrándose y agravándose desde hace bastantes años, pero que está haciendo explosión –véase el laberinto catalán, que ya no hay quien lo entienda– precisamente estos días. La clase política lleva mucho tiempo evitando entrar a reformar las cuestiones de fondo, cada vez más urgentes, derivadas de una inevitable reforma constitucional.
Zapatero tiene, sin duda, muchas cosas en su haber: ha actuado siempre con valentía, es honesto y trabaja mucho, aunque no siempre sus esfuerzos se perciban en la buena dirección. Hizo la política en la que creía, de izquierda moderada, hasta que la dura realidad con rostro de Merkel, de Sarkozy y de Obama le obligó a girar ciento ochenta grados. Tiene también, como resulta patente, muchas cosas en su contra.
Ahora, diez años y un día después de aquella victoria que le llevó a la secretaría general del PSOE, al Zapatero del talante y la sonrisa giocondesca apenas se le reconoce –conocerle, conocerle, lo que se dice conocerle, parece que no le conoce bien nadie– en el personaje preocupado y ojeroso que dice que está dispuesto a abrasarse electoralmente con tal de sacar a España del atolladero.
Ya he dicho algunas veces que, como a Adolfo Suárez, sus contemporáneos lo lapidarán. Pero puede que la Historia, que olvida muchas trapisondas y que permite comparar a Guatemala con Guatepeor, le absuelva. Repito: quién sabe.

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