MANUEL ARIAS MALDONADO
Anoche soñé que paseaba por Málaga. Había cenado algo pesadamente y me costaba dormirme, así que me sumergí en la lectura de las ordenanzas municipales para vencer el insomnio. Tras varias horas de lectura, me desplomé sobre la almohada con la luz aún encendida. Y fue entonces cuando me vi transportado fuera de mi casa, arrojado a las calles de la ciudad.
Recuerdo que mi vagabundeo comenzó en la Alameda Principal. Allí, en lo que debía ser la parada de autobús de las líneas 32 y 34, una cafetería había dispuesto alegremente media docena de mesas, ocupando casi por completo la calzada. Resultaba extraño ver allí a los comensales, gritando y comiendo alegremente mientras el humo de los vehículos sazonaba sus platos combinados. Fue también allí donde advertí un curioso rasgo de esta Málaga onírica: las mesas y sillas de las terrazas eran de plástico y llevaban publicidad de refrescos o cervezas. Al principio, pensé que eso sólo sucedía en aquel rincón, pero pronto comprobé, como en una alucinación, que sucedía lo mismo en la mayoría de las terrazas. Agitado, respirando pesadamente, crucé la calle buscando la protección del centro histórico.
Algo no encajaba. Durante todo mi recorrido por Calle Larios, oía un estruendo que apenas me dejaba percibir la charanga incesante de los músicos callejeros. Ignoraba qué pudiera ser. En mi camino, me crucé con varios jóvenes que, aprovechándose de mi incapacidad para entender lo que decían, me obligaron a firmar unos papeles cuyos contornos sólo distinguía borrosamente; creo que me hice socio de varias organizaciones no gubernamentales. Entonces, llegué a Plaza de la Constitución y descubrí el origen de aquel sonido estruendoso: un desfile de modelos para mayores. Me di la vuelta, con el corazón en un puño, pero entonces divisé unos enormes carteles publicitarios, situados en el primer piso de un edificio de aire señorial, que ofrecían algo relacionado con fracs y chisteras. ¿Dónde estoy?, me pregunté. Salí corriendo por una calle lateral, sintiéndome perseguido.
Notaba bajo mis pies el crepitar de las pipas. Me caí una o dos veces, manchando mi ropa con algún escupitajo y con la ceniza de las colillas. Los edificios, a mi alrededor, parecían súbitamente ruinosos, padecían un deterioro visible que contribuía a mi sensación de sofoco. Finalmente, llegué a una calle amplia, al fondo del cual lucía un teatro romano. Allí volví a tropezar; las obras no habían terminado. Al fondo de la calle, divisé unas luces hacia las que resolví dirigirme. Me encontré con un hermoso cine: el Albéniz. Pero había algo raro. Su fachada estaba cubierta por unas rejas negras, absurdas, mastodónticas. Pregunté a uno de los empleados y me dijo que servían para colocar allí una pantalla gigante durante el transcurso de un festival que duraba una semana cada año. No entendía nada. Seguí hacia delante, impulsado por el enfermizo deseo de salir de allí. Me topé con unos edificios grandes, deshabitados, de cuyas paredes colgaban cientos de pósters que anunciaban conciertos o fiestas. Mi mano tembló y me agarré a una señal de tráfico, pero en lugar del tacto metálico acostumbrado palpé una extraña masa de celulosa: eran cientos de anuncios ciudadanos que se anulaban unos a otros en un ensortijado infernal. A mi alrededor, la gente hablaba en un extraño idioma, en el que todo era pequeño: cafelito, tiquecillo, playita. Un sudor frío recorría mi cuerpo.
Me precipité dentro de un coche, milagrosamente abierto y con las llaves puestas. Aunque no sé conducir, la ciencia infusa del mundo onírico me permitió arrancar el vehículo y buscar la salida de la ciudad. Alcancé la autovía con un suspiro de alivio: al fin era libre. Aceleré por una carretera visiblemente renovada, hasta encontrarme de golpe con una extraña encrucijada: a la izquierda, Álora; a la derecha, Algeciras. ¡Si yo buscaba Marbella! ¿Qué hacer? No podía decidir. Y sentí cómo el coche se precipitaba contra el quitamiedos…
Sobresaltado, abrí los ojos. La luz entraba por la ventana y las ordenanzas municipales estaban en la mesita de noche. Todo había sido una pesadilla. Me levanté con esfuerzo y metí la cabeza en agua fría. Empecé a sentirme mejor y decidí salir a dar un paseo.