SUSANA FERNÁNDEZ
Todos hemos tenido buenos y malos maestros y algunos que pasaron sin más por nuestras vidas. Hay quien tiene marcada la imagen de otras épocas del docente que hacía valer aquello de «la letra con sangre entra». Otros alternan sus recuerdos entre el maestro estricto y distante y el que se convertía en cómplice y tenía palabras de ánimo en el momento necesario. En la actualidad, seguro que sigue habiendo un poco de todo. Buenos profesionales, que luchan contra la falta de medios y el exceso de planes educativos, y maestros mediocres, cuya preparación e implicación deja mucho que desear. Y entre unos y otros, un enorme grupo al que cada alumno podría aplicar un calificativo diferente según su propia percepción. Sin embargo, el universo de la enseñanza podría reducirse a cuatro categorías. Cuatro etiquetas que, según la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía, ayudarían a mejorar la calidad educativa. Los profesores serán a partir de ahora, si la iniciativa prospera, competentes, avanzados, expertos o excelentes. Cada uno de los docentes será clasificado en uno de estos niveles a partir de un decálogo con los trece requisitos que debería tener el buen profesor, según la Agencia de Evaluación Educativa. Se medirán aspectos como su capacidad de liderazgo, su actitud para relacionarse o su orientación a la calidad.
Se trata de todo un plan con mil detalles y definiciones que no obstante no deja de impactarme. Tal vez soy yo y no la exhaustiva propuesta de la Junta. Pero no puedo evitar preguntarme cómo se mide todo eso que se pretende someter a examen. Y, sobre todo, ¿es esto lo que la Educación necesita? Lo veremos en los próximos años, aunque la experiencia de la Administración andaluza en este terreno no ha sido muy brillante hasta ahora, como demuestra por ejemplo el plan de calidad puesto en marcha hace ya cuatro años. En general, al menos en Málaga, una buena parte de los profesores ha rechazado ser incentivado con un aumento de sueldo por aprobar a más alumnos. Y ante este panorama, la Consejería ha recurrido a una estrategia para mejorar sus números. Ahora serán los consejos escolares, en los que también están padres y alumnos, los que digan si se suman al plan de calidad, una decisión que antes estaba en manos únicamente del claustro. El objetivo es lo único que parece tener lógica en todo esto. Hay que lograr una Educación de calidad en todos los sentidos. Pero para ello, el sentido común, dice que habría que empezar por desarrollar y mantener planes educativos nacionales y consensuados entre el Gobierno y la oposición. Y quizá seguir por dotar de suficiente financiación cada iniciativa, incluida la necesaria para construir los centros educativos adecuados al número de alumnos y mejorar aquellos que se encuentran en peores condiciones.
Eso sí, mientras todo esto se consigue, en los colegios ya no habrá sólo etiquetas para los alumnos: el empollón, el listo pero vago, el torpe pero con fuerza de voluntad, el alborotador, el líder... Ahora también en la sala de profesores podrán omitir los nombres y hablar de «el competente», «el avanzado», «el experto» y la envidia de todos los demás, «el excelente».