IGNACIO HERNÁNDEZ
Málaga, como toda La Vieja Europa, ha padecido el carácter fuerte y violento de Bóreas, el dios del frío viento del Norte en la mitología griega, que nos trae el invierno a nuestros sueños. Este ambiente tan gélido no se recordaba desde hacía décadas, o eso es lo que nos cuentan los meteorólogos y las más acertadas crónicas de nuestros mayores del lugar, que aún mantienen en la retina estampas insólitas de un río de la ciudad –Guadalmedina– congelado y malagueños jugando con bolas de nieve en la puerta de La Alcazaba, nevada un 3 de febrero de 1954. Y por inaudita que sea esta urbe, a estas bajas temperaturas se unió, desgraciadamente, el fuego en la Serranía de Ronda. Frío y fuego en una provincia única en todos los sentidos: desde la creatividad a la desolación.
En este paradójico clima, el calor se concentra esta semana en el Teatro Cervantes, donde el próximo viernes se celebra la final de un fenómeno que ha vuelto a reencontrarse en nuestra villa de forma consolidada. Esta festividad pagana se remonta a Sumeria y Egipto hace más de 5.000 años. Los cristianos la proyectamos hacia el carnevelarium, es decir, quitar la carne, precediendo a la Cuaresma. Es curioso observar como, visto y leído en muchos frentes políticos, esta fiesta comienza mucho antes de que parte de la ciudadanía pueda manifestar con su son este evento popular. Nos han quitado la carne para compartir el sacrificio de esta Inedia de la Tempora. Tendremos que pensar con qué tipo se disfrazarán nuestros representantes públicos para continuar su comparsa hacia las Saturnales.
En su Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne nos dice: «-Que gran libro se podría escribir con lo que se sabe. Otro mucho mayor se escribiría con lo que no se sabe-». Buscar el disfraz parece obvio. Lo mejor, el cálido detalle que tiene el engaño: esto es Carnaval.