MIGUEL FERRARY
La reforma laboral del Gobierno ha despertado a los sindicatos, sumidos en los últimos años en la agradable modorra que surge de escuchar las letanías de las ayudas públicas para cursos de formación. Hasta ahora, ha sido el movimiento del 15-M el único que se ha movilizado con cierta eficacia en la protesta y reivindicación contra los recortes. Los sindicatos se vieron superados por la izquierda y por la derecha de forma amplia, quizá más preocupados en mantener la cuota de poder que le queda y que los aboca a convertirse en unos sindicatos de clase, de defensa de los funcionarios, que parece que son los únicos trabajadores que les interesa realmente proteger.
Las manifestaciones de este fin de semana han sido el primer paso para probar su peso y su fuerza. La convocatoria de la huelga general queda en el futuro como una opción, aunque el fracaso de la última convocatoria y el desprestigio de las grandes centrales sindicales durante la crisis ha llevado a plantear esta posibilidad con prudencia.
Sin embargo, más allá de esto, hay una serie de cuestiones que me llaman la atención. Los sindicatos han estado negociando con los empresarios una reforma laboral durante meses, sin ser capaces de llegar a un acuerdo satisfactorio. La falta de una solución ha derivado en la decisión del Gobierno de tomar las riendas del asunto y aprobar el actual texto. Me pregunto si la peor opción negociada entre sindicatos y empresarios era tan mala como las medidas adoptadas por el PP. No puedo dejar de pensar que ha habido un interés sindical por no llegar a un acuerdo, de modo que se puedan limpiar las manos y entonar un «Yo no he sido» que les dé el respaldo para organizar las protestas. La lástima es que las víctimas de esta táctica son una serie de derechos que serán muy difíciles de recuperar. Es el peaje que tenemos que pagar los trabajadores por la falta de un acuerdo laboral cuando negociaron con los representantes de la patronal. La inacción en esos meses nos ha condenado.
Por otro lado, también me llamó la atención el domingo ver las imágenes de la portavoz del PSOE en el Congreso, Soraya Rodríguez, en la manifestación contra la reforma laboral. Entiendo que la critiquen públicamente, pero participar en la manifestación me resulta chocante cuando su propio partido ha puesto la base, los primeros escalones y la estructura donde se cuelgan las medidas que ahora adopta el PP. Esa parece una medida más llamada a recuperar su descrédito social que de sinceridad ideológica. La artificialidad no suma votos, más bien despierta rechazo. Al PSOE le queda todavía una larga penitencia para recuperar cierta credibilidad.