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Amar las cosas que se hacen bien

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RAFAEL DE LOMA Me había propuesto escribir hoy sobre la importancia que tiene, en una sociedad como la nuestra, disfrutar de un trabajo satisfactorio, una tarea que llenara nuestro tiempo con momentos esforzados, creativos y también felices, porqué no. Pero como tenía delante la prensa del día, con sus odiosos titulares de portada, inmediatamente he moderado el deseo. Estamos sufriendo los sinsabores de una política económica desquiciada y parcial, iniciamos otro año siniestro que superará en desgracias a los años anteriores, así es que no creo que sea momento adecuado para soñar con la utopía de ser mínimamente felices. Si los propios gobernantes, incapaces de detener la hemorragia social, son ellos mismos quienes nos anuncian nuevos apocalipsis, y, encima, vemos al personal no ya triste sino con gran cabreo, parecería una herejía exaltar el amor por las cosas bien hechas cuando cada vez hay menos cosas que hacer. Y cuando los cinco millones de parados pronto serán seis.

Cómo podría ensalzar unos valores propios de sociedades emergentes si nosotros vivimos en la zozobra de una sociedad que se hunde casi sin remedio. Cómo enaltecer la calidad de vida que supone el regusto de las cosas bien hechas (una constante para artistas, artesanos, profesionales, especialistas) si la aspiración máxima de la gente hoy día es un puesto de trabajo por el amor de dios o virgencita déjame como estoy. Cómo evocar unas circunstancias propicias, si nos están conduciendo a la fuerza al matadero de la sociedad del malestar; si cada vez hay menos trabajo, más tristeza, más indignación; si la gente sencilla se siente maltratada, engañada, desposeída; si las perspectivas son más catastróficas a medida que avanzan los días.

No es que nos hayamos caído de un guindo. O de unos guindos. Algunos ya intuíamos lo que se avecinaba, aunque nos lo ocultaran arteramente. Leemos y vemos lo de Grecia, lo de Portugal. Pero nadie escarmienta en cabeza ajena. Ahora ya nos toca a nosotros de verdad. La nómina se estrecha, el bolsillo se encoge, los impuestos nos fríen. Nos están tirando al aire sin paracaídas. Y lo peor es que les molestan nuestras quejas. Esos esfuerzos tremendos en querer convencernos de que los recortes sociales constituyen la única medicina para curar el fallo del sistema y de que no hay nada mejor para nosotros que lo que ellos deciden; eso significa para ellos, quizá, hacer bien su trabajo, jugando como juegan sin riesgos personales. Pero para nosotros eso es ignorar que hay otras maneras de afrontar la crisis sin que todo el daño caiga sobre las espaldas del pueblo. Estimulando el crecimiento, por ejemplo.

Las personas que hacen el mal también tienen su prurito de hacerlo bien. De hacer bien el mal. Pero no voy a referenciar a ese tipo de gente, tan ocupada, porque no constituyen el paradigma al que iba a referirme.

No puedo evitar echar un vistazo rápido al pasado reciente. Entre los más agradables recuerdos de tiempos que no volverán, sobresalen en mi memoria aquellos en los que el trabajo no sólo era una parte muy importante y muy agradable de nuestra cotidianidad sino que incluso añadía vida a nuestra vida. Ninguna sensación de bienestar supera a la que experimentamos cuando hacemos las cosas que nos gustan y las hacemos bien. Como tanta gente las hacía entonces. Y no me refiero sólo al periodismo, que practicábamos con una devoción casi desconocida hoy, salvo en las nuevas y entusiastas hornadas. Me refiero también a las demás profesiones y oficios, en los que la gente se afanaba entonces porque obtenía un plus de satisfacción personal si el producto de sus esfuerzos era valorado en su justa medida.

Quiero al menos creer que algún día recuperaremos las energías y las esperanzas, la confianza en nosotros mismos, que tuvimos en aquella época. La fe en el futuro que dejamos atrás. No sé si nos lo permitirán. Ellos han hecho su revolución a costa nuestra. Y les está saliendo bien.
El choque frontal se ha producido. Había dos mundos que parecían circular en paralelo, pero que súbitamente han colisionado. Uno, el mundo poderoso de las finanzas, controlado aún por quienes rompieron el saco de la avaricia, y el otro el de la silenciosa mayoría trabajadora, que solo aspira a vivir con dignidad. Unos se vanaglorian de la reforma brutal que los hará más ricos. Los otros, perdedores siempre, aportarán este año seiscientos treinta mil ciudadanos más a las listas del paro. Gente que no gozará del trabajo bien hecho… ni de ningún otro.

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