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Tribuna

A Putin se le calienta el hielo

 05:00  

EUGENIO FUENTES Cuentan de Vladimir Putin que, cuando iba a ser nombrado director de la policía secreta (FSB, antiguo KGB), rechazó las estrellas de general que le ofrecían. Su argumento, explicado por Ludmila Putina, su mujer, fue que para dar órdenes a los coroneles no hacen falta estrellas sino alguien capaz de hacerlo. Corría el mes de julio de 1998 y al antiguo teniente coronel del KGB le faltaba menos de año y medio para que el desprestigiado Yeltsin le entregase la presidencia rusa la Nochevieja de 1999.

Doce años después, tras dos mandatos presidenciales (2000-2008) y cuatro años como primer ministro, Putin, el hombre de hielo que con mano de hierro devolvió a Rusia la estabilidad política y económica, y que a la vez le recortaba las libertades, se apresta a regresar al Kremlin. Sin embargo, las calles que entonces le acogieron con alivio y esperanza hierven ahora de opositores en pie de guerra empeñados en calentar el ambiente a ver si el hielo, por fin, se derrite.

Fueron 110 millones los rusos llamados a elegir presidente. Aunque hay cinco candidatos, las encuestas coincidían en que Putin, de 59 años, se impondría en la primera vuelta con un respaldo del 58% al 66%, muy por delante de su inmediato seguidor, el comunista Ziugánov, relegado a un escuálido 15%.

Así pues, la estratagema urdida por Putin para gobernar durante al menos un par de décadas está funcionando. En 2008, agotados los dos mandatos consecutivos que permite la Constitución, cedió la Presidencia, que no el poder, a su delfín, el viceprimer ministro Dmitri Medvédev, quien ahora se la devuelve para ocupar en mayo el cargo de primer ministro. De este modo –y gracias a la ampliación del mandato presidencial de cuatro a seis años aprobada en 2008–, Putin seguirá en la brecha al menos hasta 2018. Tal vez incluso hasta 2024.

El problema para Putin es que, gracias en parte a sus políticas, la Rusia de 2012 no es ya el país tambaleante y desmoralizado del año 2000. La creciente clase media, aliada a los cadáveres de oligarcas que el macho alfa de reportaje veraniego ha ido dejando en su camino, y aliada también a los excluidos del maná del crecimiento, está cada vez menos dispuesta a hacer la vista gorda a sus desmanes autoritarios y a la corrupción.

La gota que colmó el vaso –después del malestar causado por el anuncio de que el cambio de cromos con Medvédev iba en serio– fueron las elecciones legislativas ganadas en diciembre por la gubernamental Rusia Unida, sobre las que se cierne una muy razonable sospecha de fraude. Un pucherazo que ha provocado protestas callejeras sin precedentes en los veinte años de la Rusia postsoviética. En ellas, alrededor del núcleo duro que forman los partidos alejados de la Duma por una legislación muy restrictiva, se amalgaman decenas de miles de ciudadanos, la mayoría jóvenes. Unos y otros, respirando los vientos de protesta que agitan el planeta desde hace quince meses, claman su hartazgo de una «era Putin» que ya ha iniciado su fin de ciclo pese a que aun vaya a disponer de una larguísima prórroga.

Cuando el entorno del tambaleante Yeltsin decidió, hacia principios de 1999, que aquel hombre pequeño, delgado y vestido con trajes de impecable corte europeo, iba a ser el elegido, Rusia, el mayor país del mundo, la potencia poseedora de las mayores reservas minerales, energéticas e hídricas, estaba sumida en un marasmo del que da idea el hecho de que en apenas un año hubiera tenido ya cuatro primeros ministros.

Quienes eligieron a Putin apenas pensaban en otra cosa que no fuese propiciar una retirada honrosa y blindada del desacreditado Yeltsin, amenazado por serias acusaciones de corrupción. Pero Putin –que en agosto de 1999, como antesala programada de su acceso a la Presidencia, se convirtió en el quinto primer ministro de la tanda– tenía, a diferencia de Yeltsin, un concepto del Estado («democracia soberana») y traía en mente una «misión patriótica» acorde con su pasado de hombre del KGB soviético: conseguir que Rusia dejara de ser un débil juguete en manos de Occidente y devolverle, tanto como fuera posible, la «grandeza» de la URSS.

Este designio exigía enderezar la maltrecha situación económica, desplegar firmeza en la arena internacional –el endurecimiento ante EEUU y la OTAN fue creciente desde la crisis de Irak de 2003– y actuar con mano dura dentro de casa. Se trataba de restablecer la autoridad del Kremlin para evitar la desintegración del Estado, cada vez más a merced del poder de los gobernadores de sus 83 regiones y de las tensiones nacionalistas quintaesenciadas en el avispero caucásico y, muy en particular, en la Chechenia contra la que el Ejército ruso había logrado, como mucho, tablas en la cruenta guerra de 1994-96.

La autoridad era la clave y era, además, lo que esperaba buena parte de la ciudadanía, sumida en la pobreza por el catastrófico proceso de transformación de la economía comunista en una economía liberal. Putin, quien sostiene que en su infancia y juventud era un matón de puño rápido y cuerpo adiestrado en el sambo y el yudo, tardó menos de un mes en reabrir la guerra de Chechenia. Fue su respuesta a una oscura campaña de mortíferos atentados en Moscú y otras ciudades, atribuidos a terroristas chechenos y presumiblemente perpetrados por agentes del FSB. Las masas aterrorizadas respiraron y le permitieron ganar con holgura (53%) las elecciones presidenciales de marzo de 2000, a las que, dimitido Yeltsin tres meses atrás, se presentó ya como jefe de Estado en funciones.

Con Chechenia camino de ser aplastada, el siguiente paso fue meter en cintura a los gobernadores («verticalidad del poder»), que dejaron de ser elegidos y pasaron a ser nombrados, y a los oligarcas, los grandes beneficiarios del proceso mafioso de privatizaciones.

Castigos ejemplares a magnates como Berezovski –que había sido uno de sus mentores y lleva años exiliado en el Reino Unido– o el petrolero Jodorkovski –considerado entonces el hombre más rico de Rusia y que desde 2005 se pudre en Siberia– le permitieron alcanzar varios objetivos: disuadir a los oligarcas de cualquier tentación política que no fuera apoyarle, ponerles la mordaza de Estado a los principales medios de comunicación –financiados por ellos–, y, muy importante, dejar sin dueño cuantiosas fortunas que pasaron a las manos del nuevo círculo de poder: los llamados «guebistas», provenientes de las fuerzas de seguridad.

Estas actuaciones se completaron con la liquidación de la independencia de la justicia y con el fin de la atomización política, lograda mediante una feroz limitación del acceso de los partidos al Parlamento. Fueron aceptadas y aplaudidas por muchos rusos, pero el auténtico cohete que disparó su popularidad fue la recuperación económica. En las elecciones de 2004, marcadas ya por la sospecha del fraude, Putin ganó con un 71% de los votos.

Se estima que la caótica transición del capitalismo de Estado al capitalismo liberal redujo el PIB ruso en un 40% entre 1992 y 1996, además de desembocar en la grave crisis financiera de 1998, que conmocionó el sistema bancario y dejó al Estado en quiebra.

Una reforma fiscal que abrió el camino al pago regular de impuestos y un proceso de saneamiento financiero que, aunque insuficiente, fue completado con la captación de grandes flujos de capital exterior se aliaron con el alza de los precios del petróleo y el gas para relanzar el crecimiento económico y la diversificación productiva. En simultáneo, se yugulaba la inflación, se reducía la deuda desde el 120% de 1998 al 13% de 2007, el déficit público se transformaba en superávit y la balanza comercial se hacía excedentaria.

Rusia –incluida junto a Brasil, India y China en los BRIC, la primera línea de las potencias emergentes– tiene el octavo PIB nominal del mundo y el sexto en paridad de poder adquisitivo tras haber crecido aceleradamente entre 2000 y 2008. Pagó la crisis con una contracción del 7,9% en 2009, pero volvió pronto a la senda de la expansión, cerrando 2011 con un 4,3%.

Aunque es lugar común atribuir ese crecimiento a la exportación de hidrocarburos, sobre los que el Estado ha recuperado parte creciente del control, la OCDE estima que los combustibles sólo son responsables de un 1% y que el resto ha de hacerse recaer en las reformas estructurales, la mayor productividad y el robustecimiento de una demanda interna estimulada por las alzas salariales y la reducción del paro hasta el 7,5% en 2011.

Con este balance, la llegada de Medvédev a la presidencia se anunciaba destinada a reforzar el crecimiento económico, relajar el control sobre la población y luchar contra la podredumbre generada por la propia perpetuación de un régimen que silencia a la prensa. Pero pese a los orígenes liberales del sucesor, ajeno al mundo policial y militar, la democracia se ha depauperado en un cuatrienio que empezó marcado por la crisis de 2008 –que ha privado a Rusia de parte de su crucial financiación exterior– y ha acabado  aguijoneado por las protestas en las calles.
Medvédev, hombre de paja de un Putin que antes de dejar la jefatura del Estado transfirió importantes prerrogativas a la presidencia del Gobierno, ha representado tan sólo una máscara bajo la que Putin ha consumado la degradación de su régimen, sin dudar en silenciar a tiros las voces más críticas.

El previsible ganador aseguró al despedirse del Kremlin en 2008 que desde su llegada a la Presidencia se había sentido como «un esclavo en galeras». La oposición callejera, que más que galeote le considera cómitre de tambor, trompeta y rebenque, ya ha anunciado marchas de protesta para hoy, y amenaza con un «indignado» campamento permanente en el centro de Moscú hasta que se cambien las leyes que constriñen el juego político y se repitan las elecciones. Las legislativas, por supuesto, pero también las presidenciales que, de antemano, daban por seguro que serían fraudulentas.

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