El ruido y la furia

Campaña y corrupción

Hoy ha empezado la campaña de las elecciones autonómicas, quizás la más reñida de nuestra reciente historia y seguramente la que con más fruición se ha basado en el desprestigio del rival

 

JUAN GAITÁN Hoy es el primer día de una campaña que empezó hace varios años, no recuerdo cuántos ya, porque vamos enlazando procesos electorales, preelectorales y postelectorales sin tregua, sin descanso, sin piedad, y solo ocurre que de vez en cuando trazamos una raya, decimos «desde aquí», y nos hacemos la ilusión de que todo empieza de nuevo. Así que sigamos el juego y digamos que hoy ha empezado la campaña de las elecciones autonómicas, quizás la más reñida de nuestra reciente historia y seguramente la que con más fruición se ha basado en el desprestigio del rival, en demostrar que el otro es peor.

Si yo fuese, Dios no lo permita, dirigente de un partido político, estaría más preocupado por la corrupción dentro de mis propias filas que en la que pudiese haber en las de mi contrincante; infinitamente más interesado en mi propia honradez que en la indecencia del adversario, porque entendería que el «y tú también» es un argumento que primero me mancha a mí. Y sin embargo ese es el único empleado en estos difíciles tiempos en los que las campañas políticas se han convertido en una alternativa denuncia de corrupción de unos a otros, en un ping-pong de acusaciones en las que los partidos sólo se defienden demostrando que los otros son aún más canallas, que es como si dos tenderos que roban en el peso quisieran atraer clientela argumentando que sisan, sí, pero un poco menos que la competencia.

No sé si nuestros políticos se han dado cuenta de que esta carrera no conduce a nada bueno, que al final de este camino sólo puede estar el vacío. ¿Qué ocurriría si, en un acto de suprema responsabilidad, de absoluta madurez democrática, o simplemente de hartazgo, los votantes negásemos nuestro apoyo a cualquier formación política involucrada en casos de corrupción? Sin duda llegaríamos al bloqueo, al colapso del sistema, porque nadie hay libre de pecado. Pero esto no debe llevarnos a la resignada conclusión de que no queda más remedio que asumir que la corrupción es inevitable y sólo queda optar por el menos malo. Seguramente sea llegada la hora de exigir más, de reclamar mayores controles, acaso un código ético que obligue a depurar a los corruptos, a expulsarlos de la vida pública a través de procesos judiciales rápidos, fiables y, sobre todo, sin caducidad.

Quizás sea un poco candoroso venir ahora reclamando que una campaña política debe ser un debate de ideas y no un combate de corruptelas, pero alguna vez debemos empezar a recuperar el espacio perdido, a exigir un mínimo de calidad y pulcritud, y no conformarnos con el nivel ínfimo, con el tendero que menos sisa.

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