Cuaderno de mano

Cerrado por reformas

11-03-2012  

GUILLERMO BUSUTIL Trabajo. Otro término que la economía ha vaciado de significado. Igual que ha hecho con palabras como ética, honestidad, humanismo, cultura, diálogo, educación, equidad... A este paso, el tránsito del siglo XX al siglo XXI será reconocido en las páginas de la Historia como el tiempo en el que las palabras dejaron de ser un concepto que le servía a las personas para afrontar el presente, para esforzarse en alcanzar el futuro.

Esos viejos términos, inculcados en la mente desde la infancia y que en otras épocas fueron piedras filosofales de las sociedades con ánimo de progreso y el acero de la esgrima verbal de los grandes orales, hoy son sólo cáscaras magulladas, cajones de sastre apolillados. En la década de los noventa, una gran parte de políticos convirtieron el lenguaje en juegos burdos de ilusionistas de carromato, en discursos que una vez diseccionados resultaban no tener nada dentro. Y en la década del dos mil ha sido la economía la encargada de apuntillar el espíritu ilustrado de las palabras, la última gran revolución del lenguaje. Se nota en los parlamentos. Se nota en el periodismo, en la calle e incluso en una parte de la literatura. Lo que cuenta es el titanio de las cifras, la fuerza bruta de los mercados, la asepsia fría de esos nuevos poetas del powerpoint para los que el Olimpo y sus musas exige el sacrificio de la plebe.

Trabajo. Un término por el que mucha gente ha vendido el alma sin que el diablo, a cambio, le otorgase juventud eterna, amor de plexiglás o la cumbre del éxito. Trabajo. Un término por el que mucha gente en paro vendería el alma, a pesar de ser conscientes de que el trabajo hoy día y en muchos casos es una amarga vida en el infierno. Aún así, el trabajo es el grito insomne que se escucha en multitud de hogares, de países, de ciudades como Málaga, donde el empleo brilla por su ausencia. Trabajo, es lo que prometen los curanderos de la política que buscan el efecto placebo con el que convencer al pueblo de que han sanado el mal provocado por aquellos que han hecho del trabajo su banca particular, su canción del pirata a bordo de un deportivo descapotable rumbo al sol de los paraísos fiscales o de sus despachos acristalados en la primera plana del cielo. Trabajo es lo que promete una reforma que santifica a los que siempre han tenido la sartén por el mango. Es cierto que el mercado laboral necesita flexibilidad, un nuevo marco de diálogo y de pactos, que hay viejos derechos sociales que no se pueden mantener en esta época de sacrificio y bancarrota. Pero estas exigencias no han sido pactadas desde el diálogo y tampoco son compartidas. La mayoría de las medidas son el sueño paradisíaco de los grandes empresarios, en lugar de ser la brújula que requerían las pequeñas pymes, los autónomos y los trabajadores de clase media para afrontar la crisis con un mínimo de esperanza. La reforma no va a crear empleo, ni de calidad ni de estabilidad. En todo caso, creará empleo temporal, más precario y de quita y pon, destinado a dejar en la cuneta a la experiencia del cuarentón, al trabajador de criterio respondón, al que hizo masters costosos pensando que el conocimiento y la profesión era un seguro pasaporte laboral, a los jóvenes que alcanzarán la madurez en la tensión y el vértigo del alambre.

Veremos a lo largo de los meses cómo la ley acrecienta el salario del miedo, la prepotencia de los que reclaman la olvidada consigna de Dios, patria y familia y la sumisión del obrero. Los mismos que ya están persiguiendo la economía sumergida de los zombis que intentan sobrevivir en la nocturnidad clandestina, donde cada cual se busca la vida para llevarle pan a sus hijos, acusándolos de ser un cáncer para la economía. Lo lamentable es que las manifestaciones no servirán de nada. Los sindicatos hace tiempo que están desautorizados, mucha gente es escéptica y echarse a la calle parece ser un acto de delincuencia social. No obstante, hay que exigir un pacto equilibrado, inteligente, humanista, sensato, donde el sacrificio, las renuncias y las esperanzas sean un objetivo colectivo. Esperemos que el Gobierno sea inteligente y se avenga a pulir, a dialogar, a buscar consensos necesarios para equilibrar la ley y evitar la violencia de los desheredados, las bajas de la economía de cuello blanco. Sólo así, el derecho constitucional al trabajo no terminará cerrando por reformas.

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