Misantropías

Comprar un sombrero

11-03-2012  

MANUEL ARIAS MALDONADO Se ha hablado mucho de las dos Españas, pero nadie como Josep Pla ha sabido condensar en una anécdota el sentido de la división del país en dos facciones incapaces de entenderse y aferradas, cada una de ellas, a sus correspondientes símbolos y rituales. Recién llegado nuestro autor a Madrid, en los días que precedieron a la súbita proclamación de la II República, acude a una tienda para comprarse tranquilamente un sombrero. Sucede que, al señalar uno de ellos al dependiente, éste retrocede horrorizado. ¡Pero hombre, un sombrero de ese estilo lo delatará a ojos de todos, indicará que ha tomado partido, no lo haga! De modo que Pla, hombre prudente, da el asunto por imposible, no sin preguntarse cómo es posible politizar un sombrero. Han pasado ochenta años y seguimos igual: todo lo politizamos y de nada podemos hablar sin tirarnos los trastos a la cabeza. Y eso, ay, es un serio problema para una democracia.

Es un problema, porque el mecanismo básico de un régimen democrático es el control del poder por parte de los ciudadanos. Ciudadanos que son, además, contribuyentes. De ahí la importancia que poseen los medios de comunicación; aunque todavía más importante es que los ciudadanos frecuenten esos medios a fin de formar sus propias opiniones: sobre la gestión de los representantes y sobre la calidad de las ideas que ponen sobre la mesa quienes aspiran a gobernar. Es aquí, precisamente, donde reside el peligro: que en lugar de ciudadanos tengamos forofos que se alinean con el partido político de sus amores pase lo que pase, o sea, con independencia de lo que ese partido haga o diga. Cuando eso sucede, no hay un debate de ideas, sino un conflicto de identidades. Se dejan a un lado hechos y argumentos, o mejor aún, se adquieren éstos ya empaquetados por el periódico o emisora o canal que corresponda, sin someterse a la influencia de opiniones distintas. El resultado es que se votan mitologías, no desempeños. O lo que es lo mismo, que la preferencia política depende más de sentimientos y tradiciones que de una razonable ponderación de la oferta política.

Esto pasa en España continuamente, en relación a cualquier tema imaginable. Quizá sea especialmente visible ahora con la reforma laboral, sobre la que puede llegar a decirse que consagra el despido libre, sin que esto aparezca por ninguna parte en la letra de la ley, o se afirma sin vacilación que no soluciona nada, sin tener la más vaga noción de economía ni haber leído la abundante literatura que vincula costes de despido, temporalidad y productividad. También lo hemos visto con Garzón –¡pobrecito!– o con la violencia estructural de Gallardón. En todos estos casos, informarse de verdad y pensar con la cabeza puede comprometer el juicio que tenemos ya formado de antemano. ¡Eso nunca! Por eso dice Popkin, estudioso norteamericano, que el votante medio es un avaro cognitivo, esto es, alguien que se conforma con recopilar la información mínima para apuntalar su apuesta previa por una opción ideológica concreta. Y ya sabemos que nada como la ideología para enmascarar la realidad.

Por otro lado, es divertido constatar que la adquisición de un paquete ideológico suele ir acompañada del correspondiente manual de instrucciones estéticas y costumbres para la tarde del domingo. Si unas llevan el pelo corto teñido de rojo, otras lo prefieren largo y de peluquería; mientras unos ven cine español, otros se niegan a hacerlo; allí las gafas son de pasta roja, aquí de discreto carey. De modo que hay un gusto social vinculado a la pertenencia al grupo político, que diría un sociólogo: donde lo importante es la pertenencia antes que el gusto. O sea, el sombrero de Pla.

¿Qué será de nosotros? Es comprensible que las generaciones de españoles que vivieron el tardofranquismo e hicieron (como suele decirse, como si fuera un bizcocho) la transición no puedan desprenderse ya de sus adherencias biográficas. Por eso defienden su identidad política con una ferocidad impermeable a cualquier argumento; les va la vida en ello. Dejémosles; son una generación perdida, incapaz de separar los hechos de las convicciones. Pero hagamos un esfuerzo nosotros, sus descendientes, por pensar de otra manera: dejemos las mitologías y abracemos la realidad. ¡Salvémonos!

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