El ruido y la furia

El último papel

 05:30  

JUAN GAITÁN Me desperté muy triste. Había soñado con una redacción de periódico vacía donde sólo quedaba, como el esqueleto de un animal prehistórico, la gigantesca hélice de un barco. Apenas recuerdo nada más, salvo que por las ventanas se podía ver un mar gris y alborotado.

No creo en los sueños premonitorios porque no creo en el futuro predecible, pues entiendo que, si predecible, ya ni siquiera es futuro. Hay una sutil pero determinante diferencia entre el futuro, que está por construir, y el destino, que sería inmutable, de modo que no supe qué pensar cuando, a la mañana siguiente, me desayuné con la noticia de que la Enciclopedia Británica dejará de imprimirse en papel después de 244 años y de siete millones de enciclopedias vendidas.

Nunca pude permitirme tener una Enciclopedia Británica. Me conformé con la más española (también un poco más modesta) Espasa, de la que hace muchos años no recibo ningún volumen anexo, quizás porque ya no los hacen. Pero en mi mitología libresca, la Británica siempre fue un hito al que me hubiese gustado alcanzar, seguramente por mi incondicional apego a Borges, que las coleccionaba e, incluso, se inspiraba en ellas (parece que es especialmente cotizada la edición de 1911). Pero está claro que los días de la palabra impresa agonizan ya sin remedio y que el papel, ese humilde lujo, dejará, ha dejado ya, de ser el soporte del conocimiento humano, el mismo que ahora, por lo visto, descansa en la Wikipedia, que no es exactamente igual que una Británica de treinta y dos tomos.

Se acaba así la era del dominio absoluto del papel porque, entre otras cosas, las nuevas generaciones ya no saben qué hacer con un volumen de enciclopedia entre las manos y sólo se apañan si pueden teclear en un buscador de internet y rematar la faena con «copiar y pegar». Y aunque puede que, al menos teóricamente, el soporte no signifique nada, y que lo importante no sea el continente, sino el contenido, a mí este fin de era me pone muy nostálgico y sé que voy a llorar cuando se imprima el último papel, lo que probablemente ocurrirá más pronto que tarde, porque será inevitable que después de que un símbolo como la Enciclopedia Británica se pase al bit definitivamente todo lo demás siga la corriente, se apunte a la contemporaneidad y llegue un día, que me temo no muy lejano, en que los periódicos tampoco llenen mis mañanas de manchas de tinta, olor de rotativa y ese suave crujir de la página al pasarla. Y seguramente lo importante seguirá igual, la información estará ahí, y será más ágil y más inmediata y hasta más barata, pero yo echaré de menos todo aquella mitología de plomo, toda esa galaxia Gutenberg que ha sido, siempre, mi universo, mi cálido y palpable universo de papel.

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