El adarve

De héroe a terrorista

 

Miguel Á. Santos Guerra Las mentes de muchas personas funciona manejando un sinfín de estereotipos que van aplicando a los individuos y a sus comportamientos, a las situaciones en que se encuentran e, incluso, a los objetos que contemplan cada día. Lejos de utilizar el rigor para analizar los hechos y calificar a las personas, echan mano de un catálogo de prejuicios que han ido formando a través de la experiencia vivida superficialmente y de las informaciones tendenciosas que a todas horas reciben.

El contenido de esos estereotipos viene dado, a veces, por la cultura y otras está fraguado o matizado por prejuicios elaborados por la persona que los aplica (de manera casi siempre ligera e injusta). Desde la ideología, la política, la religión y los más diversos fundamentalismos, se tiende a ver al otro bajo la definición que imponen las etiquetas. Se valora la realidad a través de un prisma confeccionado con trozos de prejuicios, de suposiciones arbitrarias y de falsas intuiciones.

Estereotipo, etimológicamente, proviene de la palabra griega stereos que significa sólido y typos que significa marca. Es una imagen manida, con pocos matices, acerca de un grupo de gente que comparte ciertas cualidades, características y habilidades. Por lo general ya fue aceptada por la mayoría como patrón o modelo de cualidades o de conducta. El término se usa a menudo en un sentido negativo, considerándose que los estereotipos son creencias ilógicas que limitan la creatividad y que sólo se pueden cambiar mediante el razonamiento personal sobre ese tema.
El uso de estereotipos no es solo fruto de la pereza mental sino que proviene también de la carencia de escrúpulos. Los estereotipos no tienen lógica o, mejor dicho, tienen una lógica asentada en la torpeza y en la perversión. Y, por supuesto, en los intereses de quien los utiliza.

La creación de estereotipos se asienta en una lógica simplista e injusta de generalizaciones. Los catalanes son tacaños, los gitanos son perezosos y ladrones, los inmigrantes son delincuentes, los musulmanes son terroristas, los políticos son chorizos, las mujeres son charlatanas… Este tipo de razonamiento, muchas veces interesado, lleva a cometer errores tremendos cuando se valora a una persona o cuando se espera algo de ella…

Las expectativas se fraguan en función del estereotipo acuñado y, cuando éstas no se confirman, lejos de desmontar el prejuicio, lo afianzan. Lo lógico sería concluir que se estaba en un error. Lo que muchas veces se dice es:

– Huy, qué raro, un catalán generoso…

¿Cuántas veces han influido en las sentencias dictadas por los jueces los prejuicios relacionados con un determinado colectivo? ¿Cuántas veces ha linchado la sociedad a una persona porque se ha dejado llevar por un prejuicio?

Es muy interesante pensar en el proceso mediante el cual fraguan los estereotipos. Todo influye. Las tradiciones, las costumbres, el lenguaje, las imágenes, los libros, los chistes… ¿Cuántas veces hemos oído contar chistes sobre la pereza de los gitanos o sobre la ingenuidad de los leperos? Los medios de comunicación son un elemento importante para generarlos y difundirlos.

He tenido la oportunidad en estos días de escuchar a Said Jedidi, reportero musulmán que tiene una larga experiencia en la información y el análisis del mundo árabe. Le oí contar durante su conferencia que en la ciudad de Nueva York un perro ataca violentamente a una niña. Un hombre acude a salvarla, arriesgando en ello su propia vida. Un policía que acude también al rescate de la pequeña ha sido testigo de la heroica acción.

– Señor, le felicito, dice el policía, ha sido usted un verdadero héroe. Dígame su nombre y mañana todo el mundo sabrá que un neoyorkino ha salvado heroicamente la vida de una niña.

– Pero, señor, yo no soy de Nueva York.

No importa. Todo el mundo sabrá entonces que un americano ha arriesgado su vida por salvar a una niña inocente.

– Pero, señor, dice el aludido, yo no soy americano.

– ¿Qué es usted entonces, pregunta intrigado el policía?

– Soy musulmán.

Al día siguiente la prensa se hacía eco de la noticia en estos términos: «Extremista musulmán mata a sangre fría a un indefenso perro callejero».
En este caso se ve claramente cómo sobre la acción del generoso musulmán, se coloca una etiqueta que no puede ser más inexacta y más injusta.

Hay estereotipos muy dañinos. Los que se aplican a colectivos son muy toscos, pero no lo son menos aquellos con los que se etiqueta a individuos en su condición particular. Alguien me contó el caso de un niño al que se le había colocado la etiqueta de que mordía. Y un día que no había acudido al colegio por enfermedad cargó con la culpa de un mordisco que un niño le había dado a otro en el patio.

Cuando colocamos una etiqueta sobre la frente de un individuo, ni las mayores evidencias permiten eliminarla. Si pensamos que un estudiante es torpe y perezoso, atribuiremos su éxito en los exámenes al hecho de que ha tenido suerte o de que probablemente ha copiado. Son de sobra conocidas las teorías sobre el efecto Pigmalión en las aulas.

Los estereotipos están constituidos por ideas, prejuicios, actitudes, creencias y opiniones preconcebidas, impuestas por el medio social y cultural. Se aplican de forma general a todas las personas pertenecientes a una categoría, nacionalidad, etnia, edad, sexo, orientación sexual, procedencia geográfica, entre otros.

Hay que luchar contra el uso de estereotipos. Propongo las siguientes armas para esa lucha: rigor en el análisis, información precisa, cercanía emocional, diálogo sincero y respeto a la dignidad de cada ser humano.

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