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Siete días

La conspiración

 23:01  

JOAQUÍN L. RAMÍREZ Fue una larga noche. Siempre salía a las nueve del despacho. Atendía a todas sus obligaciones con precisión milimétrica, con dedicación y empeño. Hacía mucho que, sin embargo, no actuaba como le habría gustado. Sus compañeros, sus jefes, todos eminentemente políticos, superaban con creces la frontera de la normalidad, de la ortodoxia. Ellos afirmaban que no había otro camino posible, que la Ley era un instrumento más para impedir el triunfo de la burguesía, pero no podía ser el obstáculo. Hay que ganar siempre y si no se gana… Hay que ganar de todos modos. Había tenido una feliz trayectoria personal y política y ya estaba al final. Ser segundo no es perder, en su caso no, puesto que esa posición le permitió mantenerse casi al margen de tediosas, inflamadas y hasta malas prácticas. Qué duda cabe de que había tenido cierta información dudosa acerca de algunas oscuras cuestiones que otros llevaban en sus departamentos pero no se sentía protagonista. Ellos seguramente sabían qué hacían.

Y ocurrió. Vertiginosamente, sin que nadie hubiera podido ni imaginarlo, el presidente Chaves había sido llamado a Madrid. Puede que alguien supiera algo, a él se lo habían negado. Todas las papeletas auguraban que él, José Antonio, se tendría que hacer cargo de aquello a lo que nunca aspiró, aquello que nunca pudo imaginar. Al principio no solo dudó. Hubo un momento en el que tuvo meridionalmente claro que lo iba a rechazar. Fue quizá al saber que su posible designación no era unánime cuando algo se reveló dentro de su ser y decidió aceptar hinchando pecho y casi reclamando lo que ya pensó que le correspondía por escalafón, por legitimidad. Y fue presidente.

José Antonio con su claro y orgulloso perfil tecnocrático hubo de convertirse en apenas tres días en Pepe Griñán. Él lo veía, claro. Pero otros lo habían pensado antes que él mismo. Una extraña sensación que le producía un cierto vértigo hasta aquí desconocido y que ya sentiría muchas veces. La oposición le tachó de impostor y se sintió centro de la actualidad, la importancia y también de la crítica. Demasiadas emociones contrapuestas que le llenaban de dudas, solo poder divisar los rostros inalterables y levemente sonrientes del pequeño grupo que le traía y le llevaba –y parecía pensar y hasta decidir por él– le pudo tranquilizar. Parece que esto también formaba parte de lo previsto… El vértigo le inundaba.

Y los acontecimientos crecieron, lo hizo la amabilidad y la reverencia de los propios y también lo hizo la gravedad y la profundidad del análisis político y casi personal de los contrarios. No quedaba mucho tiempo para enfrentarse a las urnas y demostrar que él también podía. Que Griñán era un socialista andaluz más, de ésos que ganaban siempre, que podía con todo. Pero todo iba demasiado rápido y la carrera en que ese pequeño grupo le llevaba como a un guiñol le cansaba. No controlar sus propios pasos y darlos a ciegas de la forma y por donde le indicaban le molestaba cada vez más. Tenía que tomar la iniciativa y dejar de ser esa especie de imagen inerte que todos agitan, llevan y traen como si no tuviese voluntad propia. Se puso manos a la obra. Cesó a éste y nombró a aquel, tanto en el Gobierno como en el partido. Usó recetas propias y se emancipó del tándem de Madrid, o casi. Los inconvenientes crecieron.

Fue veloz e intenso. Había sufrido, se había equivocado, había aprendido. Pero lo cierto es que ya estaba a las puertas de unas elecciones en la que se jugaba el ser, y la pírrica aspiración de su partido y de él mismo era solo no perder por tanta distancia como para permitir un gobierno del PP. Y todo salpicado de acusaciones de irregularidad o hasta pura corrupción. Más de lo soportable, por haber mirado para otro lado alguna vez o sencillamente no haber reparado en alguna barbaridad. Quizá firmó en cierta ocasión, o no lo hizo. Era tarde para cambiar los hábitos de muchos años, para transformar esa visión de los suyos que patrimonializaba las instituciones y el poder. Para expulsar a los que habían actuado con desahogo y sin demasiados escrúpulos y que hasta a él habían salpicado.

Otra noche muy larga, de pesadilla. Había soñado con Javier Arenas, le transfería el poder. Demasiados malos ratos. ¿Qué le había traído hasta aquí?, ¿cómo se había metido en esta dura y triste aventura? Sin duda había sido objeto de una mala, nefasta conspiración. La conspiración.

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