La mirilla

La pírrica victoria de la clase política

 

RAFAEL M. GUERRA Todos los políticos han ganado en estas elecciones del domingo 25 de marzo. Pose sonriente de Javier Arenas, el líder del PP andaluz, incapaz de ganar unas elecciones ni en su comunidad de vecinos, y vencedor sin corona de los comicios autonómicos. Abrazos, alegría y frenesí desmedido para José Antonio Griñán y su harén de sufridoras con final feliz en el hotel Reconquista. El PSOE «sólo» ha perdido 600.000 votos respecto a las andaluzas de 2008, pero la viña no cambiará de amo porque habrá pacto de gobierno con Izquierda Unida. Diego Valderas ha transformado la calabaza en carroza. Esperemos que sus reivindicaciones vayan más allá de méteme allí 37 cargos de confianza y ni hablar de dos consejerías, por lo menos cuatro, y con coche oficial para todo «quisqui» más móviles de última generación con WhatsApp, Twitter y Facebook integrados, y que todos los informativos de Canal Sur arranquen con la sintonía de la Internacional.

Todos los políticos han ganado. Eso dicen ellos. Y así nos encargamos los medios de transmitirlo. No hay más que abrir los periódicos, ver las cadenas televisivas y escuchar sus declaraciones. Poderosos, risueños y repletos de júbilo. Hace tiempo que la clase política se apartó de la auténtica verdad: la voz de la calle. Le perdió el pulso, le dio de lado. Pendientes de sus guerras internas, de la pugna con el partido de enfrente y, en muchas ocasiones, de que nadie del equipo propio le mueva la silla, los que trabajan en la «cosa» pública han perdido su credibilidad en la sociedad. No recuerdo un triunfo más pírrico que el de estas elecciones. Todos, se jactan. Todos han ganado, pero las consecuencias de ese triunfo han sido dantescas. En estos comicios el pueblo andaluz ha hablado alto y claro. Y lo ha hecho quedándose en casa.

En Málaga no participaron en la «fiesta de la democracia» el 41,95 por ciento de la población. Que, traducido al cristiano, quiere decir que de cada 100 malagueños, 42 huyeron de las urnas. Y ese dato rozó casi el 50 por ciento en varios municipios de la Costa del Sol, el auténtico motor económico de Andalucía. Los datos producen escalofríos. No pueden dejar a nadie indiferente. Ni siquiera a la extraterrestre clase política.

Ni PP ni PSOE ni IU –los tres grupos con representación en el futuro parlamento andaluz– han provocado el más mínimo interés. La gente no entiende un lenguaje interesado, propio y estéril para el votante. El pueblo quiere respuestas a los problemas cotidianos, a los verdaderos dramas que suceden cada día ante los vendados ojos de los que cada cuatro años bajan de su pedestal y nos ponen la mejor de su sonrisa pegada a un cartel. Y ese 42 por ciento de malagueños lo ha dejado bien claro. Ni derechas ni izquierdas ni medias tintas. Vuestro triunfo, estimada clase política, es nuestra derrota. Nuestra pesadez. Nuestras lamentaciones. No tenéis nada que celebrar. Sólo agachar la cabeza, expiar culpas y currar, currar y currar y currar y...

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