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Cuaderno de mano

La Santa Tregua

 05:30  

GUILLERMO BUSUTIL Es cierto. La Semana Santa llueve como agua para el campo. Por un lado será un S.O.S. económico para la hostelería que anda en horas bajas, un escape para los ciudadanos que puedan echarse un viaje al hombro o, al menos, dejarse contagiar por la animación que llenará las calles de la ciudad. También es una excelente tregua para que se calmen los ánimos encendidos por la victoria sin mayoría del Partido Popular, por la huelga general y los numerosos sacrificios que exigirá el Gobierno y la resurrección de sus viejos ideales. De hecho, estos días previos a la crucifixión serán como un ensayo general del via crucis que nos espera a los ciudadanos. Subida de precios, un amplio y elevado recorte de presupuestos que afectará y mucho a la sanidad, a la educación, a los servicios públicos, un aumento del paro, más dramas humanos y un mayor empobrecimiento de la vida. Un amargo panorama rendido a las exigencias de una incomprensible Europa que se desmorona y de la que casi nadie entiende sus impositivas fórmulas para vencer a la crisis abaratando el empleo y deprimiendo el consumo a modo de suicidio colectivo.

Será curioso observar en estos días, donde lo pagano y lo religioso se visen de gala y se entremezclan, la convergencia emocional del pueblo, cada día más dividido, más crispado, más cercano al ateísmo político y espiritual. Una ciudadanía que escenifica la misma polarización radical, iniciada a finales del siglo XIX, que tuvo su cénit en los años previos a la Guerra Civil que hoy cumple setenta y tres años de su finalización con el ejército rojo cautivo y desarmado. El parte de guerra y paz que, en cierto modo, esperaban proclamar los defensores del partido destinado a ganar las recientes elecciones de Andalucía. Así lo han confirmado prestigiosos y conocidos columnistas y jóvenes políticos del Partido Popular, que, desde las redes sociales y los medios de comunicación, han insultado a una tierra acusándola con virulencia de de pancista, cateta y atrasada, por haber ejercido su libertad de voto. Uno de los principios incuestionables de la democracia que han cuestionado sin rubor. Pero al margen de esas declaraciones que retratan la intolerancia, la arrogancia y el mal perder de unos cuantos, se han sucedido preocupantes comportamientos en Málaga y en otras capitales durante la huelga general que llenó las calles de excesiva y contundente presencia policial, de deleznables piquetes violentos, de empresarios extorsionando a sus empleados con el despido, de odio al sindicalismo, de declaraciones como las de Esperanza Aguirre enarbolando una vez más el patriotismo como concepto excluyente.

Si usted, querido lector, acude a la hemeroteca de la Historia, comprobará con estupor que actualmente existe un parecido fundamentalismo ideológico y la mima atmósfera de miseria moral que dio lugar a las delaciones y los ajustes de cuentas durante la guerra. También puede comprobar a diario el mismo enconamiento verbal cuando las diferencias políticas se despliegan en el bar, entre los vecinos de una comunidad o en una comida entre amigos. Es como si en nuestro ADN hubiese una corriente telúrica y destructiva que nos empuja al empobrecedor binomio de buenos/malos, de rojos/fachas, de iluminados/equivocados. El viejo cainismo que lleva siglos embruteciendo al ser humano y convirtiéndolo en un lobo feroz para sus hermanos. Está claro que hemos aprendido muy poco de nuestros trágicos errores; del sueño democrático que construimos con grandes palabras y conceptos que se han devaluado y envilecido. Que una vez que la crisis nos ha despojado la sonrisa de la máscara volvemos a estar dispuestos a desenterrar el hacha de guerra. Este panorama no favorece en nada el necesario como urgente diálogo y cooperación entre partidos y ciudadanos para salir de la crisis. Y debería hacernos sentir avergonzados a todos, además de movernos a reflexionar sobre la bulímica sociedad a la que alimentamos avivando peligrosos fuegos fatuos. Menos mal que llega la tregua de la Semana Santa, aunque la fe en la humanidad, la tolerancia y la convivencia sea un alma en pena entre la penitencia farisea y la música de tambores.

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