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Tribuna

Alemania, entre el poder económico y la irrelevancia política

 01:21  

JOAQUÍN RÁBAGO Por su peso demográfico, su situación geográfica en el centro de Europa y su potencia exportadora, Alemania inspira hoy una mezcla de admiración y envidia en sus vecinos. Una envidia atemperada en algunos por la constatación de que su poderío económico no tiene un peso correspondiente en el plano político.

A diferencia del Reino Unido o de Francia, la Alemania derrotada en la Segunda Guerra Mundial no posee el arma nuclear ni ocupa un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, y muchos, incluidos muchos alemanes con ojos abiertos para la propia historia, están contentos de que así sea.

Alemania es un gigante económico pero un pigmeo político, se escribe una y otra vez. No es un diagnóstico nuevo, sino que ya lo hizo en su día el canciller socialdemócrata Willy Brandt cuando el país estaba aún dividido. Vino la costosísima reunificación, tan recelada por algunos políticos, desde la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, hasta el italiano Giulio Andreotti, que llegó a decir cínicamente que le gustaba tanto Alemania que prefería que hubiera dos, los 63 millones de alemanes de la antigua RFA se convirtieron en los casi 82 de la nueva Alemania, y Berlín, que no Bruselas, es quien fija las reglas comunitarias, establece el modelo de rigor presupuestario que deben seguir los demás y se permite leer la cartilla a los díscolos.

Alemania ha cambiado profundamente en los años transcurridos desde la caída del muro de Berlín. Muchos consideran que con la reunificación y el éxito económico, basado no sólo en sus gigantes industriales sino en una pequeña y mediana empresa tremendamente innovadora, se ha vuelto más prepotente. Aquí, por ejemplo, no es fácil olvidar la precipitación con que los alemanes echaron injustamente la culpa a España de los pepinos infectados que aparecieron en aquel país, con el consiguiente perjuicio para nuestras exportaciones agrícolas. Como tampoco olvidarán fácilmente los griegos las declaraciones despectivas del titular alemán de Hacienda, Wolfgang Schäuble, que motivaron una respuesta inmediata del presidente griego por considerarlas como un «insulto» a su país.

En tiempos de Brandt, de Helmut Schmidt o de Helmut Kohl, cuando quien escribe estas líneas trabajaba como corresponsal de la agencia EFE en esa «pequeña ciudad de Alemania», como llamó John Le Carré a la entonces capital federal, uno notaba una mayor sensibilidad y simpatía por parte de los políticos germanos hacia la Europa mediterránea y sus gobernantes. Y ello a pesar de que unos y otros pudiesen militar en partidos de distinta ideología, como era el caso del cristianodemócrata Kohl y el socialista Felipe González, que mantuvieron una buena y mutuamente provechosa amistad.

Con la reunificación, el centro de atención de Berlín se corrió inevitablemente hacia el Este, donde estaban los nuevos mercados. Si hacia el final de la Guerra Fría, la llamada Ostpolitik, política de acercamiento a los países comunistas del Este de Europa impulsada por Brandt, había sido sobre todo política, ahora cobraba una dimensión casi exclusivamente económica.

La globalización acentuó aún más la tendencia a la búsqueda de nuevos horizontes. Como la gran potencia industrial y exportadora que es, Alemania piensa cada vez más en términos geo-económicos globales.

Pero al margen de esas nuevas circunstancias, las personalidades de los dirigentes son también muy importantes para las relaciones con los gobernantes de otros países. Y si Helmut Kohl, por ejemplo, era un político renano como Adenauer, es decir de una región vecina de Francia, además de católico y «bon vivant», la canciller Angela Merkel es hija de un pastor luterano, física nuclear de formación y un producto de la Alemania del Este. Como ocurre también con el recientemente elegido presidente del país, Joachim Gauck, él mismo expastor protestante y muy marcado por su experiencia bajo el comunismo.

Con los nuevos dirigentes germanos no parece haber lugar para sentimentalismos. Y no tendría sentido, por ejemplo, enviarles un jamón pata negra como hacía Felipe González con su amigo Helmut Kohl todos los años.

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