Al azar

Marina Abramovic se reía con ganas

 05:00  

MATÍAS VALLÉS Apartir del próximo miércoles, Marina Abramovic será un nombre familiar en los hogares españoles. El Teatro Real estrenará ese día Vida y muerte de Marina Abramovic, un montaje incalificable de Bob Wilson. El título del espectáculo resume el trabajo de la artista yugoslava, que ha convertido su cuerpo en el escenario donde transcurre su obra. Su sacrificio traspasa las fronteras del dolor inhumano. En Madrid describirá sus tres entierros simultáneos. Al margen del magnetismo de la función, y de las previsibles iras de los melómanos, el cóctel despide un aroma lúgubre. Abramovic entraría difícilmente en el círculo de personas a las que invitaríamos a cenar. Pues bien, yo cené con la artista, y sus disposiciones mortuorias no figuraban en el menú de la conversación de sobremesa. A menudo he tenido dificultades para identificar aquella beldad esplendorosa, una diosa del Hollywood en blanco y negro, con sus propuestas radicales. La cena en cuestión tuvo lugar en la casa mallorquina de Rebecca Horn. La artífice de perturbadoras instalaciones ocupaba una casa en la cima misma de una montaña, con una panorámica de 360 grados en un recorrido que se identifica como el camino del Calvario. Aquella reunión flojeó en tensión dramática, por lo que no figurará en el espectáculo del Real. Rodeado de Abramovic y Horn, comprendí en qué consistiría un mundo en que los varones estuvieran relegados a su triste función reproductora. Las dos damas hubieran recibido toda insinuación sobre igualdad o paridad con una sonora carcajada. Abramovic era la más ortodoxa de las mujeres reunidas. Parecía veinte años más joven de su edad real, se reía con ganas, no podías mirarla y escucharla simultáneamente. Vigoréxica, subía corriendo la montaña y convirtió a Mallorca en una pista de maratón. Se alimentaba de extractos vegetales, seguía el canon de las bellezas tonificadas de California. Abramovic me invitó a su boda, celebrada en Holanda a ritmo de vals. Es otra imagen que desentona con los padecimientos que ha infligido a su cuerpo. Quizás nos enseña las ventajas de reservar el dramatismo para el horario laboral. O como ella decía en Mallorca, «el presente queda para la prensa, el arte debe predecir el futuro».

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