El adarve

Quiero que sea lunes

 05:00  

MIGUEL Á. SANTOS GUERRA Hace más de un año escribí un artículo titulado «Mamá, quiero ser viejo». Me hacía eco en él de la preocupación y de la tristeza de una madre que había recibido esa extraña demanda de su hijo de diez años. La causa del inusitado deseo no podía ser más triste: quería ser viejo para no ir a la escuela.

Pues bien, pasado ese largo tiempo (o corto, depende de cómo se mire), recibo una carta de la madre que expresa su alegría por el cambio que ha experimentado su hijo. Así lo explica de forma clara y precisa.

«Creo que va a hacer un año y pico que escribiste el artículo sobre el «Niño que quería ser viejo». Me pongo de nuevo en contacto contigo, porque en estos momentos me considero una madre feliz. Mi hijo lleva un tiempo diciéndome que le gusta ir al colegio. Sin ir más lejos el viernes pasado, sentados ya de noche en el sofá de casa me dice: «Mamá, qué pena que mañana sea sábado, me gustaría ir al colegio».

Te preguntarás qué es lo que ha podido cambiar. Bueno, te haré un breve recorrido. Mira, hace un año y medio me sentía una madre triste, una madre que veía cómo su hijo perdía las ganas de aprender y de superarse, la autoestima iba día a día en declive. Mil veces intenté hablar con su maestra pero un muro nos separaba, yo quería que entre ambas le ayudáramos pero la comunicación no fluía, parece que no era capaz de ver nada positivo que pudiéramos hacer entre ambas. Todas las notas que me enviaba en la agenda eran negativas y esto nos hundía a todos (no te puedes imaginar las tonterías de las que se quejaba a veces).

El niño solía traer muchísimos deberes a casa. Hoy he descubierto que en clase poco hacía, y en casa intentábamos compensar lo que no hacía en clase para que no se quedara atrás. Llegó a tal punto el malestar que nos producía ir a hablar con su maestra que mi marido y yo nos turnábamos para ir a recoger sus notas. Soy una persona muy positiva, aunque la situación ya me iba minando, mi cabeza no dejaba de dar y dar vueltas para tratar de buscar la solución a este problema, porque yo quería hacer recuperar a mi hijo su autoestima y las ganas de ir al cole. Después de sopesar mucho la situación y asumir el riesgo a equivocarnos decidimos cambiar al niño a otro cole, otro cole con una pedagogía más próxima a nuestra manera de entender la educación. Conocimos a la que sería su tutora y en la primera entrevista hablamos, hablamos de muchas cosas y en este hablar y compartir inicial pudimos hablar desde el corazón. Yo supe en ese momento que habíamos iniciado el camino de la recuperación y de la alegría. Hemos trabajado mucho todos, sus maestras y maestros, él y nosotros con él pero día a día vemos cómo va creciendo y confiando en sus posibilidades. Sus notas son cada día mejores. Tengo que decirte que a día de hoy ya «no quiere ser viejo», quiere ir al cole y sobre todo ser muy alto de mayor. Los coles de los que hablo son los dos públicos. Un afectuoso saludo».

Las conclusiones van cayendo por sí solas como las frutas maduras de un árbol. La primera es que, en este caso, como en muchos otros, el niño no era el problema, sino una escuela (quizá solo una tutora, escasamente sensible a la problemática planteaba por el niño y cerrada a las sugerencias que desde la familia se le hacían). Cuántas veces hemos situado la causa de los problemas en un lugar que no está Y, claro, cuando se diagnostica mal, no se puede encontrar la solución. Poner la causa de la desmotivación exclusivamente en los alumnos y las alumnas, hace que nosotros no mejoremos nuestra actividad profesional.

La segunda es la importancia de la familia en el seguimiento del proceso de aprendizaje. Está muy claro que el compromiso de los padres de este niño ha sido determinante en la transformación que ha vivido. La preocupación primero, la decisión del cambio después y la colaboración intensa con la nueva tutora fueron el puente por el que transitó el niño de una situación desalentadora a una vivencia llena de entusiasmo. De una actitud pesimista que le llevaba a desear algo antinatural (ser viejo) a otra más positiva y lógica que es desear ser alto cuando sea mayor. De una actitud que hacía odiosos los viernes porque pronto llegaría el lunes a otra en la que el fin de semana es un compás de espera para comenzar a disfrutar de nuevo.

La tercera es la confirmación de que muchos problemas tienen solución cuando todas las partes se ponen a remar en la misma dirección. La sinergia de todas las fuerzas es fundamental en educación. ¿Qué sucedería en una canoa en la que los doce remeros se mueven de forma desacompasada, cada uno a su aire, cada uno a su gusto?

La cuarta tiene que ver con los plazos y los ritmos. Muchas veces se sufre como si las situación fuere definitivamente desastrosa. Cuántas veces he visto a familias sumidas en la desesperación por la flojera o el extravío de un hijo adolescente y, tiempo después, las he visto felices y satisfechas por el cambio que ha vivido. Nunca hay que desesperar. Hasta una patada en el culo puede ser positiva porque nos hace avanzar con más rapidez.

La quinta conclusión es de otra naturaleza. Me refiero al hecho de que los dos colegios en cuestión sean públicos. Con la misma legislación, la misma administración, los mismos sueldos y parecidas condiciones el niño encuentra en un colegio un lugar desalentador y en el otro un lugar cargado de esperanza. A mi me gusta decirles a los docentes lo que tantas veces me he dicho a mí mismo: Que tu escuela sea mejor porque tú estás trabajando en ella.

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