El cormorán

¿Nacidos para creer en Dios?

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JAVIER MORÁN Los niños vienen al mundo con una estructura mental capaz de percibir que existen «agentes sobrenaturales», o dispuestos a apreciar que se dan a su alrededor hechos gratuitos y generosos (propios de lo que la Teología denomina la «Gracia»). Ambas son ideas defendidas en el libro Born Believers: The Science of Children’s Religious Belief («Nacidos creyentes: la ciencia de las creencias religiosas de los niños»), que acaba de aparecer en Estados Unidos y que ha provocado ya controversias acerca del antiquísimo debate de si la idea de Dios es innata (como sostiene el racionalismo desde Descartes) o, por el contrario, el niño llega al mundo liso como una tabla, que es el planteamiento clásico del empirismo anglosajón.

«Lo antinatural es el ateísmo» (o creer es lo natural y ser ateo requiere esfuerzo), sostiene sin embargo el autor de la obra, Justin L. Barrett, de 42 años, director del Centro para el Desarrollo de la Persona y profesor de Psicología en el Fuller Theological Seminary, un centro universitario de Pasadena (California), adscrito a diversas iglesias evangélicas de EEUU. Previamente, Barrett fue investigador asociado del Centro de Antropología y Mente Humana de Oxford.

Más que utilizar un gran cuerpo doctrinal de experimentos científicos (solo existiría uno, que sería casi imposible de realizar, según uno de los críticos del «nacimiento creyente»), Barrett basa las 320 páginas de su libro en el análisis de las facultades de los niños de corta edad y de su «propensión, durante sus cuatro primeros años de vida, a creer en seres sobrenaturales tales como espíritus, fantasmas, ángeles, demonios o dioses». Pero ya desde el comienzo del libro el autor advierte de que su demostración es que los niños creen en los contenidos de la «religión natural», no en cuestiones teológicas. «Born believers is not born theologians», «que nazcan creyentes no es que nazcan teólogos» afirma. Y también se protege el autor de antemano de lo que sería la indoctrinación religiosa. «Puedes ver a niños islámicos repitiendo ritualmente versos del Corán durante horas, o pequeños monjes (budistas) confinados en un monasterio y desconectados del mundo». Pero Barrett no apela a la catequesis que pueda desarrollar cualquier religión, sino a hechos de la vida corriente en un niño que crece en su familia. Por el contrario, mediante la indoctrinación «puedes lograr que un niño crea en cualquier cosa», aunque «existe un límite de fantasía exagerada que un niño no atraviesa». Es aquí donde Barrett afirma que las ideas religiosas son eminentemente prácticas, «que sirven para solucionar problemas o adquirir información esencial para la vida».

En cierto modo, Barrett roza la idea, aunque sin colocarla en el centro de su obra, de que la religión es una forma de adaptación evolutiva del hombre. Por ejemplo, que la creencia en una vida mejor, o en la solidaridad humana, o en el premio a las acciones justas y buenas, favorece la supervivencia mejor que la comprensión de la vida como algo caótico y cruel. Genéticamente, esto ha sido inscrito en la naturaleza humana desde que los ancestros de la humanidad cooperaban para cazar o cuidaban en común de sus pequeños o de sus ancianos, todo ello acompañado por creencias religiosas comunes. Con una cierta lógica darwiniana, tal vez un poco forzada, han sobrevivido mejor los individuos que mejor se han adaptado «religiosamente» a la realidad.

Sin embargo, Barrett no recorre este camino argumentativo (pues, al contrario, se le ve a veces más creyente en la teoría del diseño inteligente divino que en el evolucionismo), sino que se basa en que el niño «llega al mundo con la tendencia a comprender el orden y la finalidad», e incluso a «recibir un regalo sin más, sin entrar en el juego de los adultos de que los obsequios se hacen para recibir otro a cambio».
En este sentido es en el que Barrett afirma que la idea de la Gracia cristiana, un concepto teológico muy complejo, es incluso más aprehensible por un niño que por un adulto.

El autor también trata de lidiar con las grandes objeciones a sus postulados. ¿Por qué los niños no creen simplemente en fantasmas? «Porque buscan agentes, visibles o invisibles, que actúen intencionalmente creando orden (no caos) a su alrededor». Con todo, Barrett sólo establece unas bases infantiles para la religión y encomienda el resto a los padres creyentes: «No utilicéis con ellos lenguaje evasivo; no les digáis «tengo fe en Dios», sino «creo en Dios»».

Disposición. El autor reconoce finalmente que aunque «los niños puedan nacer creyentes y con una fuerte disposición natural hacia el pensamiento y la práctica religiosa, las personas serán finalmente libres para tomar sus propias decisiones religiosas o no».

Antes de que Barrett escribiera su Born believers, y en vista de que ya había publicado en 2004 Why Would Anyone Believe in God? (¿Por qué no cualquiera habría de creer en Dios?), sus críticos ya argumentaban de la siguiente forma: «Si la religión es una consecuencia natural de cómo funciona el cerebro del niño, ¿qué lugar ocupa Dios en todo esto?», se preguntaba Michael Brooks en la revista New Scientist. Brooks admite, no obstante, que «la religión, como fenómeno adaptativo, ha creado las grandes civilizaciones», pero no es mayor la facultad adaptativa para ser persona religiosa «que para ser un ingeniero aeronáutico». Brooks admite finalmente que existiría un experimento definitivo para probar si somos «born believers», pero cuyas implicaciones éticas lo impedirían: «Dejar a un grupo de niños recién nacidos crecer aislados y espontáneamente. ¿Desarrollarían por sí mismos creencias religiosas?».

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