El paseante

Un asunto feo

 05:30  

JOSÉ LUIS GONZÁLEZ VERA La familia real está realizando un sacrificio del que no nos damos cuenta. Su conducta hace que los españoles desvíen su mirada de la crisis. Es como hacer el payaso delante del amigo preocupado pero, en este caso, con unas gotitas de sangre azul en el espectáculo, sin gracia y tal vez con exceso de improvisación. La familia real es tan sencilla que incluso le afecta la ley de la gravedad y de pronto los españoles nos enteramos de que el Rey para relajarse de tanto estrés al que lo someten los yernazos se marcha al África ya poco misteriosa y mata unos cuantos elefantes. Nada ilegal, por supuesto. Otra cosa es la cierta repugnancia que en muchos causa la idea de un tipo sea o no Rey con un rifle en las manos matando elefantes o rinocerontes, o ñus, o ballenas en Noruega o tiburones blancos en las Maldivas. Cuando un negro furtivo caza un elefante le caen años de cárcel si escapa al tiroteo. Los elefantes se conservan para los amos blancos. Parece que el niño Jesús, o Santiago, patrón de España, ha castigado a D. Juan Carlos y gracias a esa cierta justicia divina en la que no creo, hemos conocido las aficiones de su Majestad. Con Franco esto no pasaba. Me refiero a lo de los castigos divinales ante la muerte de animalitos en cacería. Primero porque nunca se encaminó hacia esas tierras de herejes lejanas a España y luego porque se limitaba a la fauna ibérica, ya fuese en ríos o en monterías. Se ve que esos elementos son más gratos a los ángeles custodios de esas actividades cinegéticas. Esta familia no comprende que el diablo carga las armas de muchos modos, por seguir con el tono teológico. Alguien debería de hablar con ellos. Según se ve un Borbón se entrena desde chico en el manejo de la fusilería y luego pasa lo que pasa. En casa de mi abuelo había tres escopetas y una pistola pero nunca me las dejaron. Eso es cosa de reyes y similares. El caso es que el Rey de España no comprende que eso de irse a cazar elefantes al más puro estilo de burgués colonial repele a gran parte de la sociedad española. Si es que se está sacrificando para distraernos de la crisis, lo de romperse la cadera lo veo excesivo en el guión. Si es que esa es su forma de ver el mundo, lo veo desagradable en su Majestad y de una vulgaridad semejante a la de encenderse un puro con un billete de quinientos euros en el discurso navideño.

Los divertimentos de los Borbones, excepto Carlos III, siempre fueron discutibles y poco provechosos, amén de nada edificantes. En aquella España de sotanas, censuras y triple moral católica, apostólica y romana, Alfonso XIII más preocupado por sus erecciones que por el hambre de su pueblo se dedicaba al encargo de rodajes pornográficos con suripantas contratadas en las más bajas esquinas del pueblo al que ni supo gobernar, ni quiso sacar de la miseria. Ahora, su nieto que tantas veces ha demostrado sabiduría política y voluntad porque España se coloque en la vanguardia del desarrollo y por tanto del bienestar, mete la pata y nunca mejor dicho. Un Rey no puede hacer lo que le venga en su real gana. Millones de parados, recortes en todas las áreas públicas y privadas, junto con una deteriorada imagen interior y exterior de España no soportan las fotos de un Jefe del Estado al que falta el delantal de carnicero, lo escribo con todo respeto a los carniceros. El Rey de España tiene que ofrecer al menos la apariencia de persona ilustrada en consonancia con el espíritu pacifista, ecologista y conservacionista de este siglo XXI. Por ejemplo como fotógrafo de paquidermos en vez de como fusilero. La casa Real ya ha protagonizado demasiados titulares en lo que va de año. Si es por divertirnos vale, pero se están pasando. Si es porque no lo pueden evitar, esta sociedad ya es lo suficientemente madura como para agradecer a Don Juan Carlos los servicios prestados e iniciar el camino de la III República de España, en la que al menos cuando broten yernazos impropios o Jefes de Estado con la actitud trasnochada de rico americano decimonónico, se puedan largar a su casa cada cuatro años. Qué lástima, con lo bien que este hombre lo hacía.

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