La mirilla

Balones en el mar

 01:48  

LUCAS MARTÍN Fíjense que tiene mala pata el elefante. Ahora que la gente empezaba a tomarle el gusto a los bizantinismos de la prima de riesgo, resulta que el rey estaba en Botsuana y que Argentina, según el ministro Gargallo, se pega un tiro en el pie. Una froilanada política, por partida doble, a la que Rajoy debe de estar más agradecido que los del búnker al gol de Zarra; justo cuando tocaba hacerse el harakiri de los recortes, al Gobierno le crecen algo infinitamente mejor que los enanos; un desfile de balones fuera con paquidermo, como en el hombre que fue jueves, en el que no falta, siquiera, el obispo majadero de Alcalá con sus misas negras y la bandera de Franco y el abrazo de Blas Piñar.

Alguien se ha dejado abierto el grifo de la ventura y se cae una lluvia fina en la nuca bendita del líder del PP. Como Zapatero en sus primeros años, Rajoy es un tipo con suerte, con el que se conchaban las tensiones políticas y hasta el ardor del Pedrito Moreno. Mientras arrancan las reformas en educación y sanidad, Cristina, con nombre de reina, viene en su auxilio y desplaza la carraca informativa hasta colocar la densidad de población del aula a la altura de los balonazos de Falcao–ay, mi Atleti–. El ministro Soria, y la elipsis de su bigote, saca la cuña beligerante y pide que le graben frente a un fondo selvático, como si estuviera en un safari premonitorio, al más puro estilo de la monarquía constitucional. Por lo visto Repsol, como Hacienda, somos casi todos.

Y mucho más que al 51 por ciento. Políticamente suena mucho más rentable que los sindicatos y sus subvenciones; nada como un enemigo de fuera para desempolvar el bañador de la época de Palomares y sumergirse en las aguas cocidas de la fanfarria y el espíritu nacional. El enemigo ficticio, en el momento que más se necesitaba, dispuesto a socorrer. Argentina y España se aprovechan de la guerra por el control del petróleo–en la que hay menos de bolivarismos que de oferta y demanda y competición–para aplastar con sus nalgas de elefante las diabluras domésticas, que son muchas y retorcidas, incluido en el apartado de la corrección.

El país se adormece en las aguas dulzarronas de El mar de las Sirtes, la novela de Julien Gracq en la que se espera continuamente las maniobras de un adversario que no existe, con una ofensa relativa, pero lo suficientemente exclamativa como para excitar de identidad y plurales mayestáticos las declaraciones de algunos prebostes de la nación. Seguiremos hablando de Argentina, pero también de las aficiones de la aristocracia, que son las de siempre, con su complejo de clase y su nostalgia de la soldadesca. De la foto de Soria a la del Rey, con un elefante derrengado, y al lado de un señor escandalosamente parecido a Michael Douglas en el papel de Cocodrilo Dundee.

Un entretenimiento completo, casi nutritivo, España se come el elefante y las tribulaciones del gasoil mientras se afila la estrategia Merkel, ahora, también, en las divisiones más delicadas. Que los jubilados paguen. Alguien vendrá a salvar al país.

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