El ruido y la furia

El copago

Minúsculas pensiones sostienen a veces más bocas que la del pensionista, apuntalando la quebrada economía de los hijos

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JUAN GAITÁN o de «copago» es un eufemismo, un garlito (que es palabra que se usaba mucho en aquellas novelas de don Marcial Lafuente Estefanía), un engaño. De «copago» más bien poco. Algo más justo, más honesto, más honorable sería decir «repago», porque no haremos nada más que pagar lo que ya habíamos abonado por anticipado, especialmente los que estamos sujetos a una nómina cada día más ridícula y esos jubilados a los que se les viene encima tener que satisfacer un diez por ciento de las medicinas que les mantienen vivos y más o menos operativos.

Cuando voy a mi barrio, al sitio donde me crié, allá por el Camino de Antequera, me voy cruzando a un montón de viejitas (más que viejitos, ellos duran menos) que me saludan con una sonrisa afectuosa. Son las madres de mis amigos de la infancia, mujeres que me vieron crecer, muchas de ellas viudas que se han ido quedando solas, que han superado enfermedades difíciles y otras se les han vuelto crónicas, mujeres gastadas por la vida y el trabajo que andan mal del corazón y de las piernas, que tienen azúcar y glaucoma y artrosis por todas partes. Mujeres que visitan a diario la farmacia y allí les dan remedios más o menos eficaces (nada cura la vejez y sus agravios), un rato de conversación y algo parecido al consuelo.

Muchas de ellas salen adelante con pensiones miserables, de poco más de trescientos euros, y aguantan porque saben vivir muy modestamente, como han vivido toda la vida, gastando muy poquito en casi nada, mirando siempre el céntimo. Y en más ocasiones de las que creemos se ven incluso en la necesidad de dar de comer a algún hijo que lleva varios años en el paro. Esas minúsculas pensiones sostienen a veces más bocas que la del pensionista, apuntalando la quebrada economía de los hijos que sobreviven con eso que la gente llama «la ayuda familiar».

Y es a esa gente a la que se le va a dar el rejonazo del mal llamado «copago», a la que se le va a obligar a abonar algo que ya habían pagado previamente sin detenerse a pensar si pueden acometer el gasto, pensionistas a quienes se les va a castigar por la malísima gestión de un gobierno que no supo o no quiso o no le importó ver la que se nos venía encima y por la demasiado racionalista visión de los nuevos gestores, que imponen un «café para todos» sin pararse a pensar en que la mayoría de los jubilados tienen la tensión un poco alta y la pensión alarmantemente baja.

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