Misantropías

Decir la verdad

 03:30  

MANUEL ARIAS MALDONADO En nuestro país, no hay semana sin su disgusto correspondiente. Ya sea porque la prima de riesgo vuelve a dispararse o porque se anuncian nuevos recortes en las prestaciones públicas, nos pasamos los días envueltos en la confusión, huérfanos como estamos de un relato público coherente acerca de las causas, consecuencias y remedios de esta crisis interminable. Mientras el gobierno es incapaz de explicar de manera inteligible por qué hace lo que hace, la oposición socialista se dedica a trazar líneas rojas como si jugara con rotuladores Carioca, e Izquierda Unida sigue su loca carrera hacia el pasado, retrocediendo una década cada vez que alguno de sus notables dice algo o elige ropa del armario. Sin embargo, esta confusión está enmascarando un problema de fondo: que estamos atravesando la crisis tratando de seguir como hasta ahora, instalados en la misma mentalidad colectiva, sin darnos cuenta de que es la forma en que hacíamos las cosas la que nos ha traído hasta aquí, de manera que sin hacerlas de otra manera sólo seguiremos donde estamos.

Mucho se ha afeado al presidente del gobierno que no esté protagonizando la política de comunicación del gobierno en un momento en el que pareceríamos necesitar justo lo contrario: una voz capaz de articular un relato coherente sobre nuestros males socioeconómicos y las reformas necesarias para remediarlos. Es posible que haya aspectos del carácter de Rajoy que jueguen en su contra; no parece un comunicador nato, ni su gusto por la ironía es fácilmente compatible con una épica de la austeridad. Pero hay otro problema, que tiene que ver con lo que se puede decir y lo que se debe callar. Si el presidente dice la verdad, o sea, que España está en bancarrota, la confianza social se desplomaría; si, en cambio, no lo dice, los españoles pueden seguir pensando que hay un sótano lleno de dinero público cuyas llaves ha escondido la derecha para fastidiar al personal. Lo deseable sería que los ciudadanos interiorizasen la amarga verdad de nuestra ruina, tomando conciencia de ello sin proclamarlo a los cuatro vientos, para que el gobierno pudiera adoptar un perfil bajo mientras hace reformas de gran calado.

Aquí es donde entra en juego el código gobierno-oposición. Incluso después de haber gobernado durante las dos legislaturas inmediatamente anteriores, el líder socialista se siente impelido a criticar la labor de gobierno, aunque sepa que no hay demasiada alternativa a la actual política de ahorro y racionalización administrativa. De ahí su constante apelación a unas «líneas rojas» atravesadas las cuales nos sumimos en la más absoluta de las miserias neoliberales. Este discurso ha alcanzado su paroxismo con las declaraciones de la consejera de Sanidad de la Junta de Andalucía, para quien el copago farmacéutico, vigente en toda Europa, supone el desmantelamiento del Sistema Nacional de Salud. Naturalmente, se espera que un argumentario así produzca réditos electorales; si no, se diría algo distinto y ya está. Pero entonces no se hace pedagogía pública, con el resultado de que muchos ciudadanos niegan que seamos una sociedad fracasada. A su vez, eso obliga al gobierno a fingir que podemos arreglarnos con cuatro parches, cuando lo que haría falta es un discurso orientado a la reorganización mental de los españoles. Repita conmigo: estamos arruinados.

Sólo bajo la luz que proporciona este acotamiento del discurso político puede entenderse, por ejemplo, que ambos partidos prometieran lo imposible durante la campaña electoral: que pensiones, sanidad y educación no iban a tocarse. ¡Porque los españoles son como niños, no quieren saber la verdad! De hecho, los recientes Presupuestos participan todavía de esa ficción. Pero, ¿cómo no tocar las partidas de gasto más importantes si no tenemos dinero para pagarlas? Y sobre todo, ¿de verdad no reconocemos la necesidad de gestionar de manera más eficiente los recursos empleados en esos servicios? No seamos tan hipócritas; o quitémonos la venda.

A ver si va a resultar que donde parece haber una solemne defensa de la cosa pública no se esconden más que los intereses privados de quienes desean seguir como venían estando. Porque no hacemos más que reconocer que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y ahora la fiesta ha terminado, pero después nadie quiere dejar de bailar.

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