Jorge Baro, Centro Oceanográfico de Málaga.
Puesto que es la primera vez que me acerco a esta columna de opinión, he dudado entre muchos temas relacionados con el medio ambiente. Para esta ocasión me he decidido por la biología pesquera, ya que, aparte de ser mi profesión y por lo tanto de lo que, creo, mejor puedo opinar, hace poco cayó en mis manos un artículo, aparecido en la prestigiosa revista Science, que me llamó vivamente la atención. En este estudio los autores proponen un modelo de gestión pesquera para mantener la sostenibilidad de las poblaciones marinas explotadas muy distinto al habitual. En él se pone seriamente en entredicho uno de los paradigmas convencionales de la gestión pesquera clásica: mejorar la selectividad de las artes de pesca para incrementar a medio plazo la producción.
Tradicionalmente se ha considerado que una pesca selectiva mejora el patrón de explotación de un recurso, evitando la captura de individuos jóvenes, más pequeños, para centrarse en ejemplares de mayor edad y más grandes. Uno de los fines para los que se aplica es el darle la oportunidad de reproducirse a los peces más pequeños y que, de esta forma, aumenten los recursos. Sin embargo, lo que ahora se propone es una captura equilibrada que se base en pescar una mayor diversidad de especies y tallas distintas en proporción a la productividad del ecosistema. De este modo, según los resultados del estudio, se mitigarían parte de los efectos ambientales negativos de la pesca y se contribuiría a la seguridad alimentaria. Este novedoso enfoque plantea darle la vuelta al clásico concepto de pesca selectiva, ya que prima el desarrollo de pesquerías que capturen muchas especies (multiespecíficas) y una gama de tallas muy amplia, sobre las que explotan sólo una o pocas especies (monoespecíficas) y rangos de tamaños más estrictos. Además esta práctica salvaguardaría de una mayor intensidad de explotación a los ejemplares más grandes que en definitiva son los que más aportan al éxito reproductivo de las poblaciones.
Desde esta óptica se requieren medidas de gestión que consideren las implicaciones sobre todos los componentes del ecosistema, no sobre una o pocas especies de forma individualizada, y que pueden resultar en algunos casos más difíciles de aplicar que las derivadas de la actual gestión. Para mantener el equilibrio entre la captura y la composición y producción del ecosistema habría que obtener volúmenes de captura proporcionales a la abundancia de cada especie, sean o no de interés pesquero, labor que puede resultar bastante compleja. En otros casos sin embargo, este nuevo modelo podría facilitar la gestión; por ejemplo, las capturas de especies no deseadas y en la mayoría de los casos devueltas al mar, lo que conocemos como descartes, dejarían de existir, ya que formarían parte del nuevo procedimiento de gestión. Al mismo tiempo la nueva práctica necesitaría de adaptaciones de los mercados para vender y distribuir un gran número de especies que no son comercializadas en la actualidad en muchos países occidentales, aunque, como señalan los autores, sí lo son en el Mediterráneo.
Quizás este ejemplo, el de nuestro mar y nuestros recursos, sea un claro exponente de que aún queda mucho camino por recorrer para demostrar los beneficios que podría tener este nuevo enfoque en la gestión pesquera. Según destaca el Comité Científico Asesor de la Comisión General de Pesca del Mediterráneo 27 de un total de 28 poblaciones estudiadas en profundidad a lo largo del Mediterráneo, tales como la merluza, los salmonetes, las gambas o las cigalas, y que son capturadas en su mayoría en pesquerías multiespecíficas, están sobreexplotadas. O dicho de otro modo: a los actuales niveles de intensidad de pesca las poblaciones no serán sostenibles en el tiempo.
Para disipar estas incertidumbres parece claro que tenemos que seguir investigando y avanzando en la generación de conocimiento. Tenemos la necesidad de consejos adecuados basados en la experiencia científica, que permitan mantener nuestros mares saludables con ecosistemas marinos diversos y bien estructurados, que aseguren en el futuro la pesca sostenible y nos concedan, y a las generaciones futuras, la posibilidad de seguir disfrutando de los frutos que los mares nos ofrecen.