La tentación del cíclope

Los otros bajos fondos

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Lucas Martín Nunca fui muy amigo de los maniqueísmos; de pequeño cuando todo se resumía en piratas y alguaciles, sirios y troyanos, yo me alineaba secretamente con un cuerpo intermedio, a buen seguro cercano a la invisibilidad y a los parias, desprovisto de pasiones. Ni siquiera los indios, con sus conjugaciones simplonas y su pasotismo jurídico, me llamaban a la militancia o, al menos, no tanto como los cactus, las pelusas y los bisontes. Sin embargo, con los bancos es diferente; por más que uno quiera mantener la equidistancia, que se proteja de las consignas y de los axiomas, resulta difícil no sentirse con ánimo de piel roja y desempolvar, a partes iguales, la escupidera y la diana. De un modo, por supuesto, extraordinariamente civilizado, no como sus dirigentes, acostumbrados a la falacia, el estropicio y esos aires embrutecidos y de buen paño muy de la nobleza criolla y de la cultura del ladrillazo. Estoy harto de los botines, de las subprimes, de los activos tóxicos. Lo de la banca sería de chiste, pero es más bien de órdago, se cargan el sistema, lo reinventan a su imagen y semejanza y lo vuelven a desarmar antes de que adquiera un aspecto moderadamente saludable.

Bankia es el último capítulo de un ejercicio milenario de lucro e indolencia; tantos años dando la paliza con sus mojigaterías sobre la responsablidad social corporativa, tanto anuncio con ancianos poniéndose en pie gracias a la terapia pagada por sus fundaciones, para después agujerear a miles de familias sin ningún tipo de reparo y, mucho menos, de consecuencia carcelaria. Vivimos en un país en el que los médicos pueden perder su libertad por negligencia, en el que los periodistas se enfrentan a penas de cárcel por errar el tino en la fuente y en el que los jueces, algunos jueces, son inhabilitados por investigar causas prohibidas, todavía con el lacramé y los cierres feudales. Pero, eso sí, un banquero puede dormir tranquilamente en la larga estructura en la que se diluyen sus responsabilidades; no se les juzga por condenar con sus cuentas y sus decisiones la vida de miles de personas, por descomponer las finanzas de toda una nación y tragarse sin concesiones para los demás miles de millones del dinero público. Ahora ni siquiera tienen la decencia de buscar la purificación desde la torre de la Bolsa, como en 1929; cuando todo se quema, en estos días, los banqueros se vuelven a casa con pensiones millonarias.

Una cadena de impunidad histórica; solamente Islandia, y poco. Ni siquiera Dios pudo con la banca. La Iglesia inventó el purgatorio para los prestamistas y ahí siguen, por más que se haya avanzado desde los días de las maldiciones. Según las últimas noticias, Bankia conocía de antemano su hundimiento, y aún así dejó que le insuflaran un programa de salvación completamente suicida, sobre todo, para nuestros intereses. Se acumulan los escándalos. Y el crédito sigue astillado. Tenemos un país cada vez más ficticio, ilusorio, tendido en los bajos fondos de sepa usted qué tipejos, con qué escrúpulos, con qué ambiciones.

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