El adarve

La historia del colibrí

 05:00  

Miguel Á. Santos Guerra Estamos viviendo una situación muy crítica. Los escándalos (acabo de leer que un consejero de Bankia se retira cobrando 14 millones de euros), los recortes en servicios sociales como educación y sanidad, la bajada progresiva de sueldos, la pérdida de puestos de trabajo, las promesas incumplidas de quienes consiguieron muchos votos haciéndolas€, cierran el horizonte y nos llenan de pesimismo y de indignación.

La situación llama al desaliento, a la corrupción y al egoísmo. Cada uno en su escala se puede sentir instado a hacer lo que impunemente ve hacer en las altas esferas. En cada nivel, en cada puesto, en cada circunstancia, uno se siente invitado a asumir ese grado de irresponsabilidad y de corrupción que se expande por todos los sitios. «Si yo me comporto honradamente soy un imbécil», le dice a cada uno su mala conciencia.

¿Cómo se puede detener esta avalancha de miserias? ¿Cómo se puede frenar este desastre? Muchas personas pueden pensar que lo que ellas hagan va a tener muy poca incidencia en el cambio de rumbo o, dicho de otra manera, en la solución de los graves problemas que nos afectan.

Cada uno se ve tan insignificante que puede pensar que lo que desee, piense, diga o haga no tiene la menor importancia.

La argumentación que cada persona puede hacerse es:
€ ¿Qué voy a conseguir yo siendo honrado, trabajando con entusiasmo, reconociendo la dignidad del ser humano, respetando las reglas del juego, ayudando a quienes lo necesiten, exigiendo a quienes gobiernan, denunciando a quienes roban o extorsionan? Yo solo no puedo cambiar el curso de la historia, de lo que yo haga no depende absolutamente nada. Da igual actuar bien que actuar mal.
¿Qué importancia tiene que mi comportamiento sea ejemplar cuando se generaliza la desfachatez y la indecencia? ¿Qué más da que vaya a una manifestación para protestar contra los recortes? ¿Qué relevancia tiene mi esfuerzo para alcanzar una mejora de la situación que resucite la esperanza? ¿Qué repercusión tiene que yo ayude a una persona que está necesitada y que carece los de lo indispensable para vivir? Es como pretender detener con la palma de la mano la fuerza de un tsunami, como querer apagar un gigantesco incendio con un vaso de agua, como intentar detener la caída del avión dando saltos hacia arriba.

Quiero llamar aquí a la responsabilidad individual, al compromiso de todos y cada uno de los ciudadanos. Quiero invitar a que cada uno con su pequeño esfuerzo, con su decidido entusiasmo, con su buen comportamiento, rompa esa dinámica de destrucción que parece haberse instalado en el mundo.

Utilizaré para ello una hermosa y aleccionadora historia que se cuenta entre los indios guaraníes. Tiene la claridad, la sencillez y la contundencia de la sabiduría popular.

Cuentan los guaraníes que un día se declaró un enorme incendio en la selva. Todos los animales huían despavoridos.

De pronto, el jaguar vio pasar sobre su cabeza al colibrí en dirección al fuego. Le extrañó sobremanera, pero no quiso detenerse.

Al instante lo vio pasar de nuevo, esta vez en su misma dirección. Pudo observarlo ir y venir repetidas veces hasta que decidió peguntar al pajarillo, pues le pareció un comportamiento harto estrafalario.

€ Qué haces, colibrí?, le preguntó.
€ Voy al lago –respondió el ave– tomo agua con mi pico y la arrojo al fuego para apagarlo.
El jaguar se sonrió.
€ ¿Estás loco? ¿Crees que vas a poder apagarlo?, tú solo, con tu pequeño pico?
€ Bueno, respondió el colibrí, yo hago todo lo que puedo.
Y, tras decir esto, se marchó a por más agua al lago.
Traigo a colación esta historia porque me parece oportuna y necesaria para instar al compromiso y a la responsabilidad de cada uno.
Es probable que nos encontremos en el camino con un jaguar, aparentemente sensato pero sin duda escéptico, que nos pregunte con un tono de ironía e incluso de burla sobre el sentido de nuestro esfuerzo y de nuestra esperanza. Es probable que nos repita la pregunta:
€ ¿Estás loco? ¿Crees que vas a conseguirlo tú solo con tu pequeña aportación?
Es probable que la actitud del colibrí pueda ser tachada de ridícula o de estúpida. Sería mejor para él descansar en la rama de un árbol que agotarse estérilmente e, incluso, correr algún riesgo de quemarse.
Es probable que las personas bienintencionadas y ejemplares sean tachadas de estúpidas por quienes consideran inútil el esfuerzo y el carácter generoso de la bondad. Hay en nuestra cultura una idea peligrosa que hace desaparecer la línea divisoria entre la estupidez y la bondad. Se confunde muchas veces al tonto con el generoso. Inteligente es quien engaña, roba, extorsiona sin ser descubierto. Tonto es el que trabaja, el que ayuda, el que vive honradamente.
No sé dónde leí que, en la ciudad de Santiago del Estero, un anciano fue a empadronarse. Le preguntaron por el nombre, la edad, el domicilio, el estado civil€ Y, después, le dijeron:
€ ¿Tiene hijos?
€ – Sí, cinco.
€ ¿Todos vivos?, precisaron.
Y él contestó:
€ No, dos trabajan.
Es decir, que el vivo, el listo, el que verdaderamente sabe, es el que vive sin trabajar, sin respetar a los demás, sin cumplir con sus obligaciones ciudadanas. El que hace todo lo contrario es porque es tonto. Esa es la actitud que quiero denunciar en estas líneas. Frente a ella propongo como un programa de vida, como una actitud benéfica, la historia del colibrí.

Creo que cada uno ha de repetirse cada día, cuando afronta la responsabilidad de hacer frente a las exigencias de su trabajo y de su relación con los otros, cuando se apresta a cumplir sus obligaciones ciudadanas:
– Por mí, que no quede.

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