Correo de Salem

El castellano de flor en flor

 

Eduardo González Viaña Tú sabes en qué se parece un ascensor a una mariposa?
–En que el ascensor también va de «floor» en «floor».

No me acuerdo dónde escuché este diálogo, y a lo mejor, yo mismo, soy uno de los interlocutores. Es una broma, por cierto, pero también es algo más que eso. Es, además, el testimonio lingüístico del avance incontenible en Estados Unidos de un idioma que hasta hace pocos años era invisible, tímido e inaceptable en la vida social.
«Flor» y «floor» (piso) sirven en este caso para hacer un juego de palabras, pero traen a la memoria la existencia de un híbrido llamado spanglish, que ha puesto los pelos de punta a más de un purista del castellano o del inglés. Es más, algunos candidatos a puestos de trabajo lo declaran como uno de los idiomas de su dominio y algunos profesores políticamente correctos los toman en serio y aprueban con una ceja arqueada de asombro y admiración.
No, el spanglish no es un idioma, sino una mezcla heterogénea de sintagmas y voces procedentes de una y otra lengua, sin pretensión de gramática y cuyas expresiones son múltiples y diferentes de acuerdo con cada una de las comunidades norteamericanas, y no hay posibilidad alguna de que adquiera la transparencia de una lengua ni su condición de comunicadora universal.

En mil años, el castellano ha sobrepasado airoso las invasiones germánicas, la conquista árabe y su propio dominio sobre el Nuevo Mundo sin que las estructuras gramaticales se hayan alterado mayormente. Una de las razones por las que amo este idioma mágico es su burlona estrategia para resistir los cambios de la historia.

Soy uno de los cuarenta millones que lo hablan o lo sienten en Estados Unidos, y si tengo en cuenta que cuando llegué a este país, éramos diez millones menos, prefiero no hacer pronósticos en torno del futuro de la lengua de Shakespeare en este país.

Una alumna me preguntó ayer si en América Latina hablamos mejor o peor que en España, y yo recordé a Borges, quien decía que: «No he observado que los españoles hablaran mejor que nosotros. Hablan en voz más alta, eso sí».
Y nosotros estamos ahora haciendo lo mismo. Los hispanoparlantes hablamos cada día en voz más alta en Estados Unidos. Nuestra presencia física como nuestras realizaciones en todos los terrenos le han quitado al idioma su anterior condición de invisible, y los padres hispanos ya no temen que sus hijos lo hablen, ni que sean discriminados por esa causa.
Sin embargo, en la otra orilla hay quienes se asustan. El doctor Samuel Huntington, por ejemplo, se ha construido una fama mundial como agorero y nigromante a fuerza de quitar el sueño de muchos norteamericanos con miles de páginas que repiten el estribillo de que los inmigrantes vamos a dividir al país. Olvida que hemos fundado buena parte de él.

San Diego, Los Ángeles, Santa Rosa, Paso Robles, Santa Bárbara, Santa Clara, Santa Clarita, Salinas, Modesto, Merced, Ventura, Escondido, Santa Mónica, San Bernardino, San José, Palo Alto, San Francisco, Sacramento y la propia Florida, con sus rotundos nombres hispánicos, son prueba de que probablemente Huntington fue reprobado de niño en la clase de historia, o quizás ni siquiera la tomó, lo cual es posible dentro del sistema educativo actual de Estados Unidos.

Los fundadores, por lo demás, todavía no sabían roncar con marcialidad en las noches porque el llamado «sueño americano» no fue una invención de ellos, sino una promesa de diversidad, tolerancia y libertad surgida de la convivencia entre la gente de todo el mundo que ha llegado en estos siglos y sigue llegando a esta nación de inmigrantes.

Y por todo esto, el español se expande aquí, tímido, mágico y bello como una mariposa que va de flor en flor y de floor en floor.

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