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Con los ojos entornados...

Seguro que nosotros, los turísticos, hacemos lo que podemos, pero, eso sí, con los ojos entornados, moviéndonos demasiadas veces en un ángulo que va entre lo entreabierto y lo entrecerrado, entre la alegría y el duelo por la pérdida. Error

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Juan Antonio Martín O­­­bsérvenlo. Miren a su alrededor en la calle, en la oficina, en la tienda, en el mercado, en el gimnasio€ Los humanos implicados en la actividad turística vivimos últimamente con los ojos entornados. Ojos, unas veces semiabiertos, otras veces semicerrados, pero muy raramente en su estado natural. Así andamos.

Miren a sus parejas, a sus amantes, a sus vecinos, a sus amigos y enemigos y, si trabajan en turismo, vean el entornado de ojos que lucen. No falla. Si, usted, lector, trabaja en turismo, vaya, busque un espejo y mírese.

Los ojos entornados, como respuesta natural a un estímulo, tienen diversas explicaciones científicas y no merecen preocupación ninguna, piensen, si no, en el sol y la fotofobia, o en nuestra reacción instintiva al intuir que algo nos salpicará o nos golpeará en la cara. Nuestro entornar de ojos de ahora diríase que es casi crónico, porque empieza a durar en el tiempo. Fíjense y verán que es como si todos los turísticos, a la vez y permanentemente, anduviéramos ingiriendo limones ácidos, pero ácidos como los limones ácidos de antes, aquellos por los que se inventó lo de joder, coño y la hostia, como interjecciones expresivas del pehache del limón en cada caso. Sí, además, feos de solemnidad. Ellas menos.

Bastián, que otra vez viene a socorrerme en mi labor de juntar letras, mientras hilaba –así llamaba él a su labor redera– frente al rebalaje del Pez Espada, a su babor y a su sombra, entornaba los ojos «para apuntar mejor», decía. Nunca reconoció cómo le molestaba el humo de aquel cigarrillo sin boquilla, pegado a su labio inferior; ni, mucho menos, cómo su vista se le iba yendo, a pesar de él. Bastián nos dejó joven, pero eso sí, con muchos años. Ojalá que nuestra mucha edad también algún día sea signo de juventud y que lo nuestro, nuestro entornado de ojos, obedezca a apuntar mejor y no sólo al desgaste, ni a los fútiles humos. Ojalá vaya por ahí el asunto€

Nosotros, por ejemplo, cuando alguien profetiza que «la ocupación en Semana Santa será buena», entreabrimos los ojos y esbozamos una sonrisa «porque eso significa que el verano será bueno». Llevo 40 años preguntándome cómo funcionará esta mágica extrapolación cósmica. Si conforme a las reglas matemáticas está claro que no es y las cabañuelas aplicadas al turismo no existen, sólo cabe pensar que es porque así ocurrió alguna vez, es decir, por el denominado conocimiento dóxico, que explica lo que es aceptado como creencia, aún careciendo de toda base científica. Después, cuando la Semana Santa no termina de ser buena, nosotros entrecerramos los ojos, entristecemos el gesto e iniciamos ruidosamente nuestro particular proceso de duelo€. Durante todo el proceso, nuestros ojos entornados.

Cuando sumidos en unas previsiones de ocupación negativas, de pronto las reservas crecen y crecen, por motivos ajenos a nuestros hacer –recordemos lo ocurrido en el inicio de la inhumana guerra en la extinta Yugoslavia o, ahora mismo, por los acontecimientos al calor de la primavera árabe–, nuestros ojos se entreabren y nuestro gesto se ilumina. Después, cuando lo de a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar se verifica –que siempre termina ocurriendo–, nuestros ojos se entrecierran, nuestro gesto se ensombrece y retomamos nuestro duelo... En todo el proceso, nuestros ojos entornados.

Nada más y nada menos que Romain Rolland, Nobel de Literatura y alguien en su tiempo considerado «la conciencia moral de Europa», dijo algo así como que «héroe es todo aquel que hace lo que puede». Seguro que nosotros, los turísticos, hacemos lo que podemos, pero, eso sí, con los ojos entornados, moviéndonos demasiadas veces en un ángulo que va entre lo entreabierto y lo entrecerrado, entre la alegría y el duelo por la pérdida, en una especie de trastorno bipolar-turístico. Error.

Los ojos responsablemente abiertos nos llevan a ocuparnos –no simplemente a alegrarnos– cuando algo bueno nos ocurre sin haber intervenido en sus causas. El incremento de reservas por «generación espontánea» es un aviso de decremento a posteriori. Los ojos abiertos nos permiten ver que no somos más que lo que realmente somos. Sólo eso. Los ojos responsablemente abiertos tienen el maravilloso y nutricio «defecto» de hacernos ver que nuestro ombligo no es más que una cicatriz de lo que fue vital y ahora es inútil. Hagamos algo. Abramos los ojos.

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