Lo que hay que oir

La presupuestación y los pelos de la gallina

 05:00  

Francisco García Pérez Fue hace nada cuando escribí aquí sobre el regocijo que me producía leer relatos escritos por niños, y hoy vuelvo a ello incapaz de evitar la persecución de que soy objeto por el ignaro lenguaje de tantos políticos y otros hombres públicos. Es momento, pues, de comparar los involuntarios errores o las naturales vacilaciones de la inocencia infantil con la pomposidad fatua y generadora de faltas culposas de los adultos. Les confieso que prefiero, pelo a pelo, a los chavales.

Inútil sería pretender que nuestros próceres alcanzasen a titular «Días lujuriosos finalizan en tragedia», magnífico y tronchante encabezamiento con que un joven talento principia su relato. Como tampoco que supiesen sintetizar con una modesta conjunción coordinante y dieran lugar a este espectacular arranque: «Me llamo Rick y mi vida se basa en huir». Imaginen la cantidad de riqueza expresiva que produce, por ejemplo, escribir «los pájaros cantaban sus peculiares melodías» o «seguía pintando cuadros extraños y abstractos» o «decidió ponerse a leer un libro de unas dimensiones enormes». Dense cuenta de que las melodías de los pájaros son «peculiares» (o sea, propias de ellos); los cuadros pueden ser extraños sin falta de ser abstractos; un libro es capaz de alcanzar dimensiones «enormes». Al leer estas cosas, sonrío, están bien, me parecen divertidas. Decae mi ánimo, sin embargo, con párrafos como este, que tomo de no sé qué programa político, qué más da: «El marco general de nuestra opción política, de acuerdo con los principios liberales y humanistas, se basará en la libertad y en la autonomía escolar». Estas cosas son las que me desaniman, las feas a conciencia. «Se basan» los «marcos»: qué disparate; la explicativa entra antes de tiempo (debería ir tras «escolar»); ¿a qué viene el innecesario sustantivo «opción» ante «política»?; qué vacías de significado quedan «libertad» o «autonomía» escolar: ¿qué serán? ¿A qué altura del camino habrá perdido quien tal escribe el tesoro de la ingenuidad infantil? Lo mismo digo para tantos políticos que olvidan la exacta expresión «aumentaron nuestros votos» en favor de la mema «aumentó nuestro número de votos».

Barbarismos mal inventados son sus neologismos, esas palabras nuevas de los servidores de lo público. A un alto cargo le mola iniciar su discurso con un «Hablando maximalísticamente€» que me hiela la sangre. Y es que no solo inventa el adjetivo «maximalística» sino su correspondiente adverbio «maximalísticamente», que le debe sonar a gloria bendita por lo largo que es€ sin reparar acaso en que no comunica nada porque no significa nada. Juro que en un canal autonómico acabo de ver y escuchar a un señor muy enfadado asegurando que «en estas condiciones, es imposible hacer una buena presupuestación». Un hombre muy hombre hay que ser para hablar así: «presupuestación» en vez de «presupuesto», otra vez el absurdo prestigio de la palabra grande, ande o no ande. ¿A quién querrán engañar? Ni a mí, ni creo que al público en general, que ya no los toma por cultos porque hablen en largo, con palabras kilométricas, para que su indigencia dure más.

Otra vez digo que pelo a pelo prefiero el lenguaje de los niños. Son los que escriben las siguientes perlas. Qué llamada de atención más buena hay en «estate siempre alerta, nunca te dejes engallar»: no «engañar», sino «engallar», mucho más guapo. Una moza escribe de alguien que era «una chica muy peliculosa», nada de «peliculera», mejorando el adjetivo de aquí a Lima. Igual que un personaje de otro cuento: «las horas pasaban y yo estaba descontento e inconciso», y no puedo por menos que aplaudir puesto en pie a ese chaval, al inventor de «inconciso», que no existe en el diccionario de la RAE pero que entiendo perfectamente lo que significa. Es tan bueno como la perla de la semana: saben ustedes de sobra que «ponérsele a uno la carne de gallina» vale por «asustarse», lo mismo que «ponérsele a uno los pelos de punta». Reparen ahora en cómo una joven aspirante a escritora logra la perfecta síntesis entre ambas expresiones: «Solo de pensarlo se me ponían los pelos como los de una gallina». Otra que nunca llegará a política pero sí a adorable mujer.

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