Siete días

Una buena noticia

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Javier González de Lara y Sarria En estos tiempos, hablar de buenas noticias es tan inusual como sorprendente. Vivimos una difícil época marcada por los malos presagios. Como consecuencia de la persistente crisis, no hay día que los medios de comunicación, escritos o audiovisuales no dejen de disparar mensajes negativos que calan hasta el alma de los ciudadanos. Sobre todo generándose dudas sobre la solvencia económica y lo que es peor, sobre la capacidad de recuperación incluso emocional de nuestro país. El nivel de contaminación informativa está poniendo a prueba la resistencia de los ciudadanos. Y van cinco años.

Los acontecimientos de las últimas semanas han sido para olvidar. Ante la crisis financiera de Bankia, el miedo a un posible rescate y la posibilidad más ficticia que real de ser intervenidos, se ha provocado la desagradable sensación de que seguimos estando al borde de un abismo oscuro. Precipicio, cuya profundidad se hacía cada día más tangible en los rotativos y en nuestra imaginación. Habitualmente, la desconfianza se suele aderezar de información que en sobredosis, se convierte en deformación afectiva y conduce a la parálisis social. Dardos a nuestra entereza y a nuestro maltrecho estado de ánimo.

Estas reflexiones previas vienen muy a cuento en estos momentos. ¡Al fin, una buena noticia!: Se ha pagado la práctica totalidad del plan de proveedores de las corporaciones locales aprobado por el Gobierno de la nación. A primeros de este mes de junio han cobrado más de 106.000 proveedores, con un total de 9.000 millones de euros (un billón y medio de pesetas). La inyección económica es formidable en su cuantía y simboliza una acción directa de apoyo a la economía productiva de nuestro país, lo que significa respaldar a sus pequeñas, medianas empresas y autónomos. De hecho, dos de cada tres facturas abonadas corresponden a pymes. Además, en las próximas semanas también deben cobrar los sufridos proveedores de las comunidades autónomas que lo han solicitado, hasta totalizar un importe de 27.000 millones de euros (cuatro billones y medio de pesetas) ¡Ahí es nada!

En alguna ocasión he manifestado que hoy en día sale muy caro ser acreedor. Es una profesión de alto riesgo, por estar en permanente suspensión de cobros. Todos conocemos el actual contexto socioeconómico en el que se desenvuelven nuestras empresas, donde las dificultades para el acceso a la financiación son manifiestas. Por esta razón, las gestiones de cobro han adquirido una importancia trascendental, fundamentalmente con las distintas administraciones públicas, dado el elevado índice de morosidad que éstas siguen manteniendo con nuestro deteriorado tejido empresarial.

Antes de la aplicación de este procedimiento extraordinario de pago a proveedores, la deuda de los poderes públicos con las empresas se estimaba a nivel andaluz, en alrededor de 3.000 millones de euros (500.000 millones de las antiguas pesetas), de los cuales 478 (79.634 millones de pesetas) correspondían a nuestra provincia. Precisamente en Málaga, los grandes municipios han saldado 280 millones de su deuda con proveedores. Sólo Estepona ha abonado más de 5.000 facturas, por un importe de casi 61 millones de euros. No obstante insistiremos en algunas medidas aún por adoptar con carácter global, para evitar en lo posible que se repitan estas situaciones: se hace perentorio la obligación de crear un Estatuto del Proveedor, Registros Únicos de Facturas, sobre todo en los ayuntamientos, así como activar la llamada «cuenta de compensación fiscal», de manera que pudieran compensarse con carácter general, las deudas pendientes de las que son acreedoras nuestras empresas, con las obligaciones tributarias existentes en ese momento.

La Confederación de Empresarios de Málaga (CEM) ha reiterado hasta la extenuación la necesidad de que las administraciones agilicen los pagos a las empresas. Celebramos, por tanto, dichas medidas por eficientes, solidarias y realistas. En momentos de crisis de liquidez, es vital acelerar la solvencia de nuestro tejido empresarial. Por eso, que cobren nuestras empresas, que fructifiquen dichas medidas y que resulten exitosas debe ser motivo de satisfacción y reconocimiento. Y lo más importante: debe generarnos confianza en la acción política cuando es sensata, y en recuperar la fe en nosotros mismos.

También cuando queremos, podemos ser un país serio. Como el que más.

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