Tierra de nadie

Usted y yo palmamos

 05:00  

Juan José Millás Isabel Cambronero, una profesora de ballet con cuenta en la CAM, entró formar parte de la Comisión de Control de dicha caja porque le tocó en un sorteo. Con las cosas que tocan en la lotería ocurre lo que ocurre, es decir, que no se valoran, y eso es lo que ha sucedido en este país, que todo el mundo está donde está gracias a una rifa. A los gestores de las cajas que nos han llevado a la ruina les tocó, además de la poltrona, un sueldo para toda la vida. Por eso hacían y deshacían como si ese dinero no valiera nada. Les llegó a parecer normal que bastara con abrir un armario para llenarse los bolsillos de pasta, una pasta que, como el maná, caía del cielo. A Olivas le tocó la lotería y a Blesa le tocó la lotería y a Rato le tocó la lotería. A Rato, como al ínclito Fabra, le tocó dos veces, pues antes de lo de Caja Madrid, ya le habían adjudicado de manera gratuita la presidencia del FMI. Por eso, porque no se la había trabajado, la abandonó en marcha. Lo que se consigue sin esfuerzo provoca hastío. La imagen perfecta del tedio es la del juez Dívar haraganeando en hoteles de lujo en fines de semana de cuatro o cinco días. Pero es que a Dívar le había tocado el puesto también en una tómbola.

Un programa de radio localizó hace tiempo a varias personas agraciadas años antes con un premio grande en la Lotería de Navidad, para ver qué había sido de sus vidas. La mayoría eran muy desgraciadas. El dinero, lejos de calmar sus apetitos, había abierto en ellas un vacío existencial insoportable. Además de haberlo perdido todo con la facilidad con la que lo habían ganado, se les había agriado el carácter. ¿Por qué? Porque no se trataba de un dinero obtenido con esfuerzo. Le ha ocurrido también, por ejemplo, a Ana Botella, a la que le tocó en otra rifa la alcaldía de Madrid, en la que no cesa de hacer el ridículo. No digamos nada de esa panda de miembros del PP, PSOE, IU, CC OO y UGT, que se repartieron de forma aleatoria los puestos de consejeros en la CAM o Caja Madrid. Se llevaban más de cien mil euros anuales como el que cobra una quiniela de catorce y no sentían la necesidad de currárselos. Este país es el resultado de una tómbola en la que a usted y a mí nos ha tocado palmar.

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