En solo 725 palabras

Dígame..., ¿voy bien por aquí?

En el transcurso del tiempo son muchos los ejemplos de asuntos turísticos que sólo y únicamente en nombre de la oportunidad se han atrevido –y se atreven– a ser «especialistas» en todo aquello que huela a cliente o a fotografía rentable

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Juan Antonio Martín A­­­nteayer. Dos y media de la tarde, con la que caía. Octogenario, al menos ochenta años había de tener el señor. Pasos más atropellados que rápidos. Sucesivos cambio de rumbo en pos de sortear la gymkhana de la acera, conformada por todo un pastiche postmodernista de mesas, taburetes, barriles, sombrillas, tinajas, jardineras, papeleras, biombos publicitarios, floristas, pitonisas, cantaores, palmeros€ y, en el momento que les narro, hasta un hermosísimo perro transeúnte, que despareció rápidamente. Guarecido, a la sombra de un más que viejo dintel, un hombre joven, delgado, con pinta de saber más de fútbol que de Platón. Pantalón pirata y sandalias a juego; camiseta de tirantas con pictogramas picassianos inidentificables, que se confundían con sus tatuajes en cuello, hombros y brazos. No estaba acabado, doy fe de que aún quedaba espacio para algún tatuaje. En su muñeca izquierda aún se intuían algunos centímetros de piel virgen... Yo, a metro y medio del joven, ocupando espacio en una terraza que contribuía a dar forma y color a la gymkhana. Yo también era otro estorbo.

Ya a menos de dos metros del joven guarecido a la sombra, el venerable señor le preguntó:
Dígame€, ¿voy bien por aquí?
El joven, con solemnidad y delicadeza, desplegó su espalda de la jamba de la puerta, como asumiendo el riesgo de lo que pudiera pasar –ninguna de las jambas parecía poder sostenerse sin la ayuda de su espalda–. Despegó el cigarrillo de sus labios –era uno de esos que dan risa–, y en el más puro cheli de todos los chelis, le contestó:
Depende, abuelete, depende de adónde vaya€
La verdad, joven, es que cuando he iniciado mi camino lo he hecho sin saber muy bien si era o no la buena dirección, y aún ahora lo sigo dudando –contestó el señor mayor–.

Bien, hombre-en-duda, eso nos puede pasar a todos, pero, dígame, adónde es que quiere llegar –respondió el joven–.
Pues, eso, lo que le decía, jovencito-preguntón, que he salido con ganas de algo, pero sin demasiada intención de convertir mi paseo en cultural, en gastronómico, en playero, en deportivo, en saludable o en otra cosa. En realidad todo me interesa, para mí es más cuestión de simple oportunidad que de decisión o vocación.. –explicó el buen hombre–.

Pues, abuelo, va a ser que para llegar a algún sitio, tendrá que darle un achuchoncito, sea a su decisión, sea a su vocación, porque si no será difícil identificar la buena dirección –replicó el joven–.

Bien, ¿sabe lo que haré, jovencito?, voy a seguir mi camino que ya me toparé con algo. Lo he hecho siempre a largo de mi vida y ha resultado que siempre el destino me ha encontrado a mí y no al contrario€ –sentenció con firmeza el anciano –.

Yo, embebido en la conversación, había perdido la noción del tiempo y no había reparado en que el camarero me estaba ofreciendo otra cerveza. Mientras con dos gestos agradecía al camarero su ofrecimiento, vi como el desnortado ciudadano se alejaba sorteando la gymkhana; allí iba, otra vez, con pasos más atropellados que rápidos€ El individuo joven volvió a convertirse en soporte de la jamba y del dintel que le regalaban sombra. Diríase un trueque en toda regla.

Cuando volvió el camarero con mi cerveza, me explicó que lo del señor mayor era una constante diaria. Cada día, desde su jubilación –había dedicado toda su vida a los hoteles, a las agencias de viajes y las instituciones de promoción turística–, se interesaba por saber si la dirección de su marcha era la buena –aun no sabiendo a dónde se dirigía– y, fuere quien fuere su interlocutor, siempre remataba la conversación con lo mismo: «Que lo suyo era más cuestión de oportunidad que de decisión o vocación, y que el destino siempre lo había encontrado a él, más que él al destino».

Los matices turísticos del curioso personaje me evocaron cómo en el transcurso del tiempo son muchos los ejemplos de asuntos turísticos que sólo y únicamente en nombre de la oportunidad se han atrevido –y se atreven– a ser «especialistas» en todo aquello que huela a cliente o a fotografía rentable. Todo un atentado contra la responsabilidad y gran error para los destinos turísticos. La especialización turística es cosa muchísimo más seria que la simple oportunidad de hacer caja o de salir guapo en la foto, ¿o no?

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