Columna abierta

Luces y sombras en la red

 05:00  

Guillermo García-Alcalde
Los megáfonos fueron cinco diarios de varias nacionalidades, pero el mensaje nació en Wikileaks, la empresa digital de Julian Assange que consiguió un volumen descomunal de informaciones clasificadas como secretas por diversos gobiernos. La culpa original del secreto violado es de sus negligentes custodios, no de quien lo consigue y difunde. La índole del material apasionó durante varias semanas a la opinión pública mundial, menos por avidez novelera que por descubrir conductas políticas clamorosamente irresponsabes y reveladoras, en muchos casos, de un respeto nulo de los derechos humanos. La red fue en este caso un instrumento positivo al demostrar que ni siquiera el pretendido secreto garantiza la inmunidad de los inmorales, barridos unos por el escándalo y forzados los demás a conductas más democráticas.

A Assange le hicieron víctima de acoso por tierra, mar y aire, le denigraron hasta lo groteco, le convirtieron en un fugitivo, asfixiaron su empresa y acaban de condenarle a la condición de refugiado político como último intento de evtar la extradición a Suecia, recién concedida por la justicia británica. El fundamento de esta resolucion es ridículo. Los suecos quieren juzgarlo por imaginarios delitos sexuales, sin aludir ni indirectamente a la humillación inferida a los poderosos de la Tierra al revelar sus secretos inconfesables. El fondo es el miedo a la red por haber prestado un servicio de interés general. Pero no se atreven a decirlo.

En esfera muy distinta se ha movido hasta ahora el «derecho» indiscriminado de alojar contenidos periodísticos en pequeños o grandes sistemas digitales, sin el deber paralelo de pagarlos a los medios que los han creado y sus editores. El mayor coste de la informacion es, precisamente, el de gestionarla y elaborarla en condiciones de ser comunicada. Los que se lucran de ese coste alegando prevalencias indiscriminadas de la libertad de información son piratas que, ellos sí, merecen sanción. El que parasita un cuadro eléctrico o una línea teléfonica para cargar en factura ajena su propio consumo, es un ladrón. El que copia a otro es un plagiario. De la misma manera, el que se adueña de mi informacion y la explota en su provecho, incurre en apropiacion indebida.

La hipocresía de las protestas campanudas contra la llamada Ley Sinde se aprovecharon del vacio legal en torno a un sistema nuevo como es la red. Pero esto se acabó La Comisión de Propiedad intelectual ha requerido a dos empresas españolas que enlazan y alojan contenidos sin autorización de sus propietarios legítimos, dándoles 72 horas para retirarlos. Y hace pocas semanas fueron detenidos tres responsables de una web que pirateaba diarios y revistas. He aquí una de las muchas sombras de la red que es imperativo erradicar hasta su extinción. No el servicio democrático de Assange.

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