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Columna abierta

Un cursillo de simpatía, please

 05:00  

Guillermo García-Alcalde El jefe del gobierno griego sufrió un desprendimiento de retina apenas jurado el cargo y el ministro de Finanzas dimitió del suyo, por motivos de salud, antes de tomar posesión. Con todo respeto a esas dolencias, parece que la quiebra del Estado añade problemas orgánicos al suifrimiento moral. La polìtica activa ha perdido casi todos sus encantos y solo le faltaba el gafe de la enfermedad súbita para ahuyentar a los más capaces. Mariano Rajoy y su gente creyeron optimistamente que el fetiche programático del cambio bastaría para cambiar el país. Acaso sea ése el motivo de una selección dudosamente meditada de los miembros del gabinete, cuya tipología despierta perplejdad. La vicepresidenta Sáenz de Santamaría no suele equivocarse, pero su exactitud es más robótica que humana. Guindos colecciona desmentidos. Montoro lleva mal su función de «cameo» fugaz en los muy frecuentados foros internacionales. Fátima Báñez tiene el don de provocar, en lugar de convencer. Ana Mato ya no sabe qué cara poner en la justificación del saqueo sanitario. Gallardón insiste en apostar solemnemente a causas perdidas (Dívar solo es la última). La reforma de Wert se carga lo poco bueno de las tropecientas anteriores. Morenés no está ni se le espera...

Y a continuación los malencarados, que tal vez trabajan mucho pero siempre de mal humor. Margallo, cabreado con el vacío social a su intempestiva reivindicación de Gibraltar. Jorge Fernández, amenazando a tirios y troyanos. Soria, ejerciendo de predictor manifiestamente mejorable. Arias Cañete, de domine sabelotodo. Y no hablemos de los alrededores, con Esperanza conspirando por el primer plano que el presidente le niega. O Cospedal sin encontrar un discurso que no pase por la «herencia recibida» (y menos mal que han prejubilado a Pons y relegado a Cascos). Seguramente son muy demócratas, pero en imagen recuerdan bastante a los gobiernos de Franco, tan poco feministas. La verdad es que, a excepciòn del propio Rajoy y de Ana Pastor, casi todos deberían hacer un PPO de comunicación y un seminario de simpatía.
No están las cosas para mucho reir, pero la simpatía es otra cosa: es el carisma personal que ayuda a hacer más vividera la frustración y la tristeza. Es la sabiduría del diálogo que mantiene abiertas las puertas de la esperanza. Es la mochila de las energias por un mundo mejor.

Parece obvio que el presidente no previó el valor de una cosa como ésta, pero tal vez lo tenga en cuenta en las inevitables crisis de gobierno, por no hablar de elecciones anticipadas. No es mucho pedir. Como tampoco lo sería una ITV democrática de las instituciones legislativas y judiciales, o el deseo de preservar la empatía social con los medios públicos de comunicacion, en lugar de condenarlos a la propaganda. Que no se note que Franco sigue aún en el Valle de los Caidos.

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