La mirilla

La vida en un cartel

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Jesús Zotano El tiempo en Málaga bien podría medirse a través de sus carteles. Arrancamos cada invierno con la imagen para el Carnaval. Resultado: a unos les agrada, otros lo ponen a parir y la mayoría asegura desconocer el motivo de tan vacuo debate. Después llegan las primaverales propuestas de Semana Santa y el Festival de Málaga Cine Español y la cosa vuelve a calentarse unos días con idéntica proporción de posicionamientos de ciudadanos a favor, indignados y desinteresados. Luego, ya en verano, el Cervantes publica su cartel para el Terral y por último se desvela el de la Feria. A cada uno le toca su sesudo análisis sobre composición, contenido, color y forma. Conclusión: ponle a un malagueño un cartel delante y moverá el mundo.

Es curioso. Pero lo cierto es que hay carteles –y no pocos– que han hecho historia en la ciudad. Por ejemplo, el de la Feria de 1997. Sandra Salado, autora del diseño vencedor del concurso promovido por Celia Villalobos, recibió acusaciones de plagio. El revuelo acabó con la convocatoria pública instaurada el año anterior para hacer más participativa la fiesta, deseo que hoy comparte Damián Caneda. También fueron sonados los casos de las propuestas firmadas por los artistas Gabriel Alberca y Cristóbal Toral para la Semana Santa de 2003 y 2004, respectivamente. Los creadores casi tuvieron que pedir perdón por haber presentado unos cuadros que no eran del gusto de los más fervientes cofrades.

Comentadísimo fue el cartel que David Delfín firmó para la décima edición del certamen de cine malagueño en 2007. Con aquello sí que se armó un buen lío. El diseñador malagueño, inteligente y acostumbrado a despertar tanta admiración como rechazo, no entró al juego de las toneladas de críticas recibidas por haber usado para el Festival las mismas letras y concepto –de su autoría– que antes utilizara en una serie de camisetas para la cita musical de Benicàssim. Le acusaron de autoplagio. Él confesó que el concepto de autoplagiarse le resultaba muy interesante... Dos años más tarde, Pablo Picasso fue el protagonista del póster anunciador de la cita cinematográfica, a cuyos responsables les pareció una genialidad usar la imagen del mayor icono malagueño sin pedir permiso a los herederos del genio. El caso, resuelto o no, quedó en lo que suelen quedar los asuntos del Festival: silencio absoluto.

Ahora llega otra discusión sobre el nuevo cartel de la Feria, sobre su minimalismo, su falta de referencia localista y su lema: «Descúbrela». Todos hemos opinado estos días sobre la obra de fondo blanco que simula un papel roto para dejar ver unos lunares. Y mucho se ha hablado y escrito sobre lo lícito del uso de una plantilla de diseño por parte de su autora, la publicista murciana Ana Soro. El debate y la discusión siempre son síntomas de la buena salud ciudadana y de la preocupación de los malagueños por los asuntos de la ciudad. Qué le vamos a hacer: habrá que representar el azote del paro, los recortes sociales, educativos y sanitarios y el abuso de los impuestos en un maldito cartel.

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