Guillermo Busutil
El monoteísmo económico de Bruselas, representado por una Angela Merkel que viene a ser el nuevo Moisés que nos ha dado diez mandamientos de ley y nos conduce hacia una incierta tierra prometida a través del desierto, en realidad nos ha condenado al infierno. Da igual que Rajoy se haya convertido en Pedro y niegue más de tres veces su parábola electoral de los panes y los peces. Tampoco importa que la Banca haya confesado sus pecados ni que el gobierno sacrifique a los ciudadanos, casi como hizo Abraham con su hijo, porque la voz de Europa se lo haya pedido como prueba de fe. Cada día el FMI exige al gobierno nuevos recortes (la desaparición de las mancomunidades y pronto también las diputaciones, con la consiguiente reducción de funcionarios), más impuestos (el IVA gravará el pan, el transporte, los periódicos, el sector hotelero...) y mayores medidas de austeridad. Unas exigencias que sólo contribuyen en realidad a que España siga cayendo en la negrura de un pozo que parece no tener fondo, y cuyo cumplimiento comprobarán los comisarios europeos que acaban de llegar a Madrid para evaluar si nuestro país pasa la ITV Bismack.
Cada día somos más como Grecia. La diferencia es que a nosotros nos están asfixiando lentamente y de manera menos agresiva y que, al contrario que en el país materno del mediterráneo, aquí la gente sólo se echa a la calle para ver los partidos de la selección de fútbol. Lo peor no es que no nos movilicemos sino que parece que nos hemos atrincherado en el extraño comportamiento de mirar hacia otra parte. No queremos admitir el drama humano y cotidiano que no aparece en los telediarios, aunque más de dos empiezan a pensar en la época de las lentejas y el mendrugo de pan, y los más pesimistas en aquellas cartillas de racionamiento.
Todo se andará, no crean. Una gran parte de los ciudadanos tampoco es consciente de que estamos viviendo una sofisticada guerra que muy pronto nos hará entrar en una nueva Edad Media. La autoridad teocrática de la nueva teología económica ha sustituido a la filosofía y a la política, el capitalismo ha mutado ferozmente y las luchas ya no se libran por el dominio de las tierras, como en aquellos siglos, sino por el dominio de la deuda. Este control se basa en algo muy simple: al endeudarnos –a través de las ayudas de Bruselas– hipotecamos cada vez más nuestro futuro y se lo cedemos al nuevo señor feudal que regirá la nueva Europa S.A. La transición lleva pareja un evidente y frío recorte de libertades y de prestaciones sociales que provocará la aparición de una sociedad más jerarquizada y organizada en estamentos. Igual que la que existió en el período comprendido entre los siglos XI y XIV. El cercano neo feudalismo dará lugar al regreso de las fronteras, al derecho de admisión en los países, a una xenofobia económica y a la persecución de cualquier clase de rebeldía social.
El croquis de este panorama no tiene nada que ver con la ciencia ficción ni con el pesimismo agorero. Tampoco hace falta ser un experto en economía. Es suficiente con volver a la Historia que dejó de aprenderse como es debido en el sistema educativo o leerse excelentes ensayos como Posteconomía de Antonio Baños o El otoño de la Edad Media de Johan Huizinga para comprender que este oscuro futuro está ahí fuera. Ya no se trata de acceder a una educación y a una sanidad pública de calidad e igualitaria ni de pensar en las pensiones, si existe un psiquiatra que nos cure la depresión psicológica o si Hollande, al frente de Francia, se convertirá, al igual que Jean Moulin, en el jefe de la Resistencia frente a la invasión económica de Alemania.
Está claro, la economía se ha vuelto un lobo para el hombre. A unos los devora y a otros los encadena a unos gobiernos que les exigen danzad, danzad malditos, mientras Wagner suena de fondo en una pista resbaladiza. Tal vez lo único que nos queda sea, como dice el periodista Javier González Méndez, gritar unidos ¡ que se pare Europa, que me bajo!