Manuel Arias Maldonado
Han querido los hados que este fin de semana se diriman dos destinos impares de Europa: el político y el futbolístico. Mientras los jefes de gobierno de los países miembros de la Unión Europea se reúnen para tratar de encontrar una solución inmediata a la crisis financiera y otra más duradera al estancamiento económico de la eurozona, las selecciones de fútbol compiten en Polonia y Ucrania por un título que irónicamente se disputarán Italia y España, los dos países cuya deuda soberana alcanza ahora mismo, por razones distintas, niveles insostenibles. No hace falta señalar, porque es sabido, que la atención pública se centra en los estadios y no en los teletipos: el hombre común no tiene tiempo para las sutilezas periodísticas y sí ganas de una emoción sencilla. Pero quizá convenga poner de manifiesto el vínculo que existe entre este fenómeno y la crisis que padecemos.
A estas alturas, ha quedado claro que la crisis del euro trae causa del deficiente diseño de la moneda común. La ausencia de controles efectivos a los presupuestos nacionales, la falta de armonización de las economías, la imposibilidad estatutaria de que el Banco Central Europeo actúe como garantía última de la moneda, la inexistencia de mecanismos de solidaridad en la emisión de deuda pública: factores que abundan en la impresión de que hemos compartido una moneda, pero poco de lo que una moneda suele traer aparejado. Y ello porque Europa carece del suficiente grado de unión política que sería necesario para federalizar aspectos centrales de la soberanía nacional.
A su vez, esa falta de unión política privaría de legitimidad democrática a las soluciones que puedan aplicarse a esta crisis infinita, porque los ciudadanos no tendrían voz ni voto en unas negociaciones conducidas en los lejanos pasillos del poder comunitario. Por supuesto, el pecado original sería haber construido Europa sobre la base de los mercados, como un espacio común para la circulación de bienes y servicios, en lugar de haber primado otros aspectos de la comunidad política: la Europa de los mercaderes frente a la Europa de los ciudadanos. Hay quien, en fin, descubre alarmado que Europa es un proyecto de élites en cuyo proceso de construcción el pueblo ha sido un testigo mudo. ¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega! Todo son quejas, por lo tanto. Y nos repetimos que las cosas tendrían que haberse hecho de otra manera. Es la música del arrepentimiento humano: habría, hubiera, tendría.
Sin embargo, no podemos juzgar el desarrollo histórico y el desempeño institucional de la idea europea sin tener en cuenta sus condiciones de posibilidad, o sea, sin ponderar lo que es posible hacer en cada momento. Sobre todo, ¿habrían aceptado los ciudadanos europeos una completa cesión de soberanía hace quince o veinte años? ¿Se habrían hermanado alegre y espontáneamente los distintos pueblos del continente, sin comprender las lenguas de los demás ni compartir más que unos cuantos torneos futbolísticos y una difusa memoria de invasiones, guerras, credos religiosos?
No estamos hablando de las minorías cultas que leen periódicos, hablan idiomas y viajan de un sitio a otro; estos ciudadanos, como advierte Tony Judt, pueden hacer su casa en cualquier sitio. Pero pregunte usted a un payés catalán, a un señor bávaro ataviado con un pantalón de cuero marrón, o a un alcohólico finlandés si quieren discolver sus identidades nacionales para dar plenos poderes a Bruselas. Naturalmente, dirían que no. ¿O no rechazaron franceses y holandeses el proyecto de constitución europea pergeñado por Giscard D´Estaign? Vaya si lo rechazaron. Pero no porque percibieran sagazmente las grietas institucionales que ahora dificultan la salida de la crisis, sino porque las identidades culturales nacionales siguen teniendo mucha fuerza.
De ahí que el proyecto europeo haya adoptado, hasta ahora, la forma que podía adoptar. Se trataba de forjar intereses económicos comunes y de crear vínculos entre empresas y ciudadanos mediante la creación del mercado único, para que una cierta idea de Europa fuese paulatinamente cobrando fuerza en la autorrepresentación de los ciudadanos europeos. Y ello con la esperanza de que generaciones posteriores, educadas en la cultura Erasmus, más duchas en el habla de lenguas extranjeras, pudieran hacer realidad el sueño ilustrado de un continente unido: de fracaso en fracaso, hasta el éxito final.
Manuel Arias Maldonad es profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga