Rafael de Loma
Me imagino a un periodista foráneo que llega a la corte de Rajoy y descubre que nada es como había imaginado. O, peor aún, que todo es muchísimo más grave de lo que había supuesto.Aquí no mandan los políticos del lugar, primer hallazgo de mi desconcertado colega. Aquí mandan unas alimañas encorbatadas que la dueña del euro nos azuza cada vez que tomamos un ibuprofeno de más.
Nuestro periodista observa que por esta original Corte devenida de una enorme y confusa bola electoral, pululan a sus anchas unas damas y unos damos a los que se les denomina ministros, quizá porque en este país ministro es sinónimo de trolero. Alguno de ellos, tal vez el más principal, procede del distinguido club de directivos del famosísimo holding Lehmann Brothers, cuya bancarrota desencadenó en 2008 la malhadada ruina mundial que nadie ha podido detener aún. Menudo marchamo de garantía para quien (parafraseando a Groucho Marx) tiene como misión última partir de la nada hasta alcanzar para España las más altas cotas de miseria.
Mi periodista ha percibido un matiz que tal vez se escapa a los ojos de los observadores de casa. Las llamadas ministras y el resto de féminas de la Corte de Rajoy son más bravas que sus colegas masculinos, más audaces, aunque igual de araneras. Mientras a una de ellas se le ocurre que hay que derogar las leyes contra el tabaco –para que se pueda fumar en ese tenebroso y doloso negocio (yo le llamo directamente engañabobos) al que llaman Eurovegas-, otra sale por peteneras proponiendo que la basura de las calles de Madrid se recoja cada dos días y no diariamente.
Delicias de verano. Sabemos que sabores y olores son recuerdos turísticos inolvidables que hacen al viajero regresar o no a ciertos lugares. A otra de las llamadas gobernantes le ha dado por suprimir financiación pública para cuatrocientos medicamentos usados por mayores y por gente necesitada. Quitarle las medicinas a quienes más las necesitan es una práctica ya experimentada con éxito en algún tiempo pasado. Pero ahora se han empeñado ellas también en que este no sea país para viejos. Por otra parte, la misma jefaza que pelea por traernos el peligroso negocio del juego (quiero decir del blanqueo de dinero), está obsesionada con clausurar el Estado de las Autonomías y disolver el Tribunal Constitucional, como corresponde a una mujer enamorada? del pasado.
Es lógico que el periodista imaginario se extrañe de las cosas tan raras que pasan en esta Corte rajoyana. Cómo es posible, se pregunta, que uno de los llamados ministros le dé un hachazo a los sufridos mineros y se salte a la torera una normativa europea que dilataba las soluciones al carbón hasta dentro de seis años. Este hombre quiere cargarse, sin alternativas, sin piedad, no solo a un sector: también a varias comarcas, a miles y miles de familias. Los mineros caminan hacia Madrid, desesperanzados, rotos, pero a mi me parece que llevan consigo las simpatías y la solidaridad de muchos millones de españoles, entre los que modestamente me incluyo.
Después de negar Rajoy a los españoles –como negó Pedro a Jesús, pero no tres veces sino trescientas veces–, que el IVA no subiría, he aquí a los señores del turismo poniendo el grito en el cielo porque el salto impositivo que se va producir provocará una gravísima herida en el cuerpo del único sector de la economía nacional que ha seguido funcionando.
A nuestro periodista le supera no solo el ascenso peligrosísimo de la pandemia de despidos masivos que azota a España, propiciada, como se sabe, por el abaratamiento de los costes dictado por Merkel y seguido obedientemente por el señor de la Corte. También le subleva la asquerosa actitud pisuerguista de quienes aprovechan para aligerar plantillas y esquilmar sueldos y retribuciones. Los periodistas no iban a ser una excepción, máxime en momentos en que la Prensa casi ha dejado de ser un mecanismo de control del poder. Ya no se teme la crítica de los periodistas. Cada vez más empresas periodísticas se alinean, descaradamente, a favor de los recortes y del desmantelamiento social. Tampoco ayuda mucho la avalancha de intrusos indocumentados y gratuitos que invaden como moscas los medios y las redes,
Una sola cosa de España embelesa a este periodista imaginario y es el ejemplo sublime que están dando nuestros deportistas a nuestros políticos. Vergüenza y dignidad se llama la figura.
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