Matías Vallés
Confianza era la resbaladiza virtud esgrimida por Rajoy para escalar los muros de la Moncloa. Asociar hoy esta cualidad al Gobierno se entendería como una incitación a la violencia, por lo que cabrá definirla con alguna precisión. En las inminentes elecciones estadounidenses, se sondea a los ciudadanos sobre el candidado más apropiado para gestionar una invasión de alienígenas. También aquí aventaja Obama a Romney, porque un 65 % de los encuestados confía en el actual presidente ante una plaga procedente del espacio exterior, que no empeoraría el panorama global.
Confiar en alguien consiste, pues, en entregarle el mando a ciegas, cuando se desencadena la guerra de los mundos. La opinión pública española ni siquiera se plantea cómo abordaría Rajoy una invasión alienígena. Es probable que se acuartelara en su despacho, la misma táctica que siguió para rehuir el debate en el Congreso de su nueva entrega de recortes. A cambio, un porcentaje creciente de encuestados estaría dispuesto a concluir que el comportamiento del propio presidente del Gobierno se aproxima al clisé sobre los extraterrestres, en la estela del atónito Gurb de Eduardo Mendoza. Ensimismado y cabizbajo, la realidad que le circunda ha adquirido una configuración incomprensible para sus capacidades.
Los debates teóricos carecen de sentido cuando la casa está ardiendo, pero conviene tomarse un receso para recordar que la democracia es un sistema previsto para países ricos. Hay estudios que relacionan su perdurabilidad con la renta per cápita, una evolución que debiera adjuntarse a la prima de riesgo desbocada. La Unión Europea ha descubierto con la tecnocracia una variante austera o de bajo coste del sufragio universal. España no había estado jamás tan cerca de este sucedáneo, si se omite al batallón de opusdeístas que Franco incorporó a su gobierno a finales de los cincuenta. Cuando Rajoy rehúye hasta al Congreso, parece encantado de dar paso al primer presidente tecnócrata del siglo XXI, antes de desvanecerse en el horizonte para votarlo tan aplicadamente como hace Berlusconi en Italia.
El tópico académico de las amenazas a la democracia se ha concretado de modo inesperado. Los españoles han descubierto súbitamente que son pobres. El tránsito de la sanidad universal a la sanidad limitada (SL) y la sarta de monterías del ministro de Hacienda cursan hoy con secuelas explosivas. Se da por hecha la reversibilidad de los tecnócratas, pero la experiencia italiana ofrece algún motivo para el sobresalto. El problema no radica en la tecnocracia, sino en que los ciudadanos acaben cogiéndole el gusto y se resistan a abandonar el tratamiento de shock. Italia teme el regreso a los mecanismos de confrontación democrática previsto para el año próximo, aunque la situación a recuperar se embadurne con la calificación de partitocracia.
La democracia platónica, con su dosis de cinismo, debiera ser preferible a la alternativa. Sin embargo, sólo un dos por ciento de los italianos confía en sus partidos políticos, tanto para resolver los problemas terrenales como para neutralizar una hipotética invasión alienígena. Tras las manifestaciones del jueves, es preferible que el CIS no someta a los españoles a una pregunta similar, aunque en las encuestas se echa de menos un interrogante crucial, ¿qué sentimiento le inspira Rajoy? En un plazo récord, el presidente del Gobierno ha traspasado el umbral hacia una situación en que los ciudadanos no rechazan sus medidas, sino a él personalmente. No desean ser rescatados por el presidente, ni que triunfe en su empeño, lo han colocado en el tiempo de descuento. Zapatero necesitó siete años para consolidar una aversión semejante.
Peligro, democracia, cabría concluir con la ambivalencia que Maquiavelo insufló a sus advertencias. El presidente del Gobierno a hurtadillas no pensó jamás que el décimo aniversario del Prestige sobrevendría con un hundimiento de calado y vertido infinitamente superiores El abundante estupor que refleja su rostro podría subsanarse si atendiera a la sorprendente Rosa Díez, cuando le recuerda que lo grave no son las medidas inevitables, sino las mentiras en que ha envuelto los recortes por indicación de Montoro, uno de esos personajes regocijantes que se inventa la historia para demostrar que tiene sentido del humor.