Guillermo Busutil
Un hombre camina solo, detrás de su silencio, delante de su desesperación. Tiene 38 años, dos hijos adolescentes y una esposa que gana quinientos euros, de los que trescientos entrega al banco para no perder la casa. Ese kilómetro cero en el que un día juntó su rostro con el de ella y soñaron jóvenes un futuro dentro y al otro lado de la ventana. Lo mismo que miles de parejas que echaron cuentas a la construcción de una familia y al esfuerzo necesario para equilibrar la balanza del gasto y de los ingresos, de los sueños a medias y de las derrotas que tendrían que zurcirse mano a mano. Este hombre anduvo siempre en el tajo de cualquier empleo donde sudar un salario justo y nunca vivió por encima de sus posibilidades. Se llama Jesús Manuel Gracia.
En la carretera tan sólo es un hombre solo. En los periódicos es una efímera noticia breve sobre un parado de Ronda que ha emprendido el camino a Madrid para entregar una carta en el Congreso de los Diputados, con la esperanza de que los políticos arreglen su precaria situación económica. Es difícil imaginar a Montoro, a Guindos, a Fátima Báñez, a Andrea Fabra, a cualquier ministro, deteniéndose frente a este hombre para leer un papel, escrito con el vértigo de las palabras torcidas por la impotencia y el dolor, donde explica un problema que también es el de los 5.693.100 españoles sin empleo. Tampoco es fácil imaginar a otras señorías, con cartera de piel, dietas de alojamiento de 1.823 euros al mes exentos de impuestos –a pesar de tener piso en la capital de más de 150 metros cuadrados–, coche oficial, secretaria, periodista personal, plan de pensiones y una cita habitual en cualquier restaurante de renombre, escuchando a un tipo polvoriento, cansado y sin afeitar, pidiéndoles un rescate urgente y personal.
Jesús Manuel Gracia sabe que la épica de los pobres es la derrota y que la conciencia no cotiza en los mercados. Pero mejor intentarlo que quedarse en casa. La crisis no es un puzzle que se pueda resolver en la mesa de casa, intentando encajar las piezas de las deudas, de los recortes y del saldo. Eso sólo funciona en las mesas de los despachos áureos en los que se aprueba rápido el pelotazo de indemnizaciones millonarias para ex directivos y ex personalidades, como Carlos Dívar, Dolores Amorós o Mike Szürs entre muchos otros, que se marchan después de gastar dinero público en ocios privados y de quebrar la CAM y la compañía Spanair. Un trabajador tiene que hacer algo distinto. La dignidad consiste en volver a ganarnos lo que somos. Esto es lo que mueve a Jesús Manuel Gracia a recorrer 561 kilómetros, igual que hicieron en los noventa el minero Luis Castro, recibido finalmente por el Rey, y hace unos meses Eduardo Iñiguez de Heredia, afectado por un ERE de la empresa Celsa.
Si pensamos en este hombre, lo imaginaremos caminando serio, gritando su dolor a solas en medio de la carretera, curándose las ampollas de los pies, administrando comida y agua, mirando la foto arrugada de sus hijos y de la preocupada Penélope que espera su regreso. Intuiremos que también contempla como se desconcha de la noche una estrella fugaz a la que pedirle un deseo hacia el que no dejará de caminar en sueños y bajo el sol del verano.
El vicepresidente de la CEOE pide al Gobierno nuevos recortes y que se agilicen los despidos cambiando la excesiva judicialización de los expedientes de regulación de empleo. Le parecerá poco que la reforma laboral haya hecho crecer los ERES un 66% entre enero y mayo. Un reciente estudio de José Luis Torres y Gonzalo Fernández de Córdoba, profesores de la Universidad de Málaga, advierte de que la subida del IVA provocará una caída del PIB del 1,7% y destruirá 310 mil empleos en un año. Más excluidos del sistema que comprobarán como la Constitución, en cuyas páginas se defiende el derecho a un trabajo digno, a una casa y a una justicia igualitaria, se ha convertido en un libro de ficción. Puede que algunos decidan convertirse también en solitarios peregrinos del paro.
¿Es utópico pensar que les suceda como a Forrest Gump y que a su paso por las carreteras se les vayan sumando otros desahuciados, rumbo a las puertas del Congreso, de la Moncloa o la Zarzuela? Hoy más que nunca es cierto lo que dijo Borges: lo que le pasa a un hombre nos pasa a todos. La unión es lo único que nos queda, hasta que nos cobren el IRPF, nos detengan por hacerlo o Europa nos rescate del todo y el Gobierno nos gobierne con mando en plaza, cartillas de racionamiento bancario y el ideario del Nodo.