Cartas al director

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SOBRE LA DETENCIÓN DE UN PERIODISTA
Parece que últimamente las fuerzas del orden tienen una extraña fijación con los periodistas que están desarrollando su trabajo. Y como muestra, la detención y puesta a disposición judicial de una periodista de la cadena de televisión La Sexta, con retirada de material gráfico incluida.

Sr. ministro del Interior; que sí, que ya sabemos que los periodistas son molestos, que sus informaciones siempre inciden en los métodos expeditivos de los agentes del orden y no en el gamberrismo, que siempre están donde no se les llama, que entre sus vídeos y fotos siempre aparecen «cosillas» que no deberían salir, policías metidos a vándalos, provocadores sospechosos, actitudes fascistoides; pero, Sr. Fernández Díaz, convendrá conmigo que es muy difícil ponerle puertas al campo y a no ser que ordene retener en su casa de forma preventiva a todos los periodistas, o que solo den permiso a los que informen «adecuadamente» o lleven el carné de tertuliano de las TDT Party, siempre se va a encontrar con la dura realidad reflejada en una información veraz; eso sí, su compañero de gobierno y ministro de Justicia, el Sr. Gallardón, seguro que encontraría la fórmula para emular al mismísimo George W. Bush, promulgando una versión española de la Patriot Act, ya sabe, esa ley que anula de facto todos los derechos civiles en EEUU; aunque aquí con ley o sin ley, los derechos siguen sin respetarse.
Francisco Javier España Moscoso
Málaga


La eliminación del rastro de Málaga
Este verano el Ayuntamiento ha clausurado el rastro de Málaga, un rastro que comenzó hace más de 30 años en el llano de la Trinidad, más tarde fue trasladado a Martiricos y finalmente al Cortijo de Torres. El rastro es un mercado en el que se venden productos a menor precio: zapatos, tornillos, muñecos, sillas, gafas, ropa, libros, utensilios de cocina, paraguas. Casi siempre uno encuentra lo que busca, son objetos de segunda mano rescatados de la basura, de casas cerradas por mudanza o fallecimiento de los dueños. A los rastros llegan remesas procedentes de almacenes, en general los objetos que pueden adquirirse presentan signos de deterioro, son en su mayoría mercancías viejas y el precio suele ser muy barato. En los rastros la miseria y la insignificancia se dan la mano con la memoria y la forma de vida de la ciudad y sus habitantes, son los objetos los que con gran precisión muestran lo que somos, al menos en lo que se refiere a necesidades y deseos cotidianos. En tiempo de crisis no es raro que el número de comerciantes y de visitantes haya ido en aumento, cada semana el bullicio en el rastro de Málaga era mayor. Cuando después de la feria regresamos al Cortijo de Torres nos sorprendió la explanada desierta. La ausencia posee la virtud de mostrar la importancia de lo que no está. La decisión del Ayuntamiento de suprimir el rastro alegando el impago de las tasas municipales por los vendedores da cuenta del desconocimiento y, porqué no, del desprecio que parece inspirarle el mercadillo de la chatarra. A diferencia de los mercadillos ambulantes de fruta y ropa, en el rastro se busca la ganga, como una antigua forma de reciclaje los objetos pasan por distintos dueños. Cada domingo más de un millar de personas nos acercábamos al rastro siguiendo una tradición arraigada en muchas ciudades, a quién se le ocurriría eliminar el rastro de Madrid, los Encantes de Barcelona, el mercado de las pulgas en París, Casabarata en Tánger, los mercadillos de Lisboa. Todos ellos son lugares donde se trapichea, cada uno en su diversidad expresan una forma de cultura popular, también el nuestro, más modesto y menos turístico. Los vendedores del rastro de Málaga no obtienen en su mayoría importantes ganancias, 20, 30 euros. Los que compramos llegamos con 10 y volvemos con 5. Si se trata de regular la ocupación del espacio para controlar el número de puestos se pueden arbitrar reglas sencillas: facilitar un carnet a los vendedores, cobrar un canon económico. En todo caso confiamos en que el Ayuntamiento dé marcha atrás, para esto es necesario hacerse oír.
Carmen García Ferrer
Málaga

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