Naranjas de la china

Aprendices de todo

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Víctor A. Gómez El otro día publicaba Javier Cuervo un magistral artículo en la contra del periódico, Escuela de aprendices, a propósito de talent shows como La voz. Extraigo esta diana: «Hace años que no sale un artista –categoría que formaba la gran masa laboral del invento– a mostrar lo que sabe porque la televisión no paga ese producto terminado y los programadores dicen que nadie quiere verlo [...] Bien lo podemos decir: Tenemos la generación de aspirantes a artistas mejor preparada de toda nuestra historia».

Es una de las más tremebundas características de la sociedad actual: la gente ha hecho de aspirar a algo una especie de profesión, una ambición vital. Por ejemplo, nunca jamás se han visto tan repletos los talleres literarios de personas ávidas de fabular; nunca se han visto los libreros más fastidiados a la hora de cuadrar las cuentas a fin de mes. Es curioso lo que está ocurriendo en este país: da la sensación de que la gente quiere ser Georges Perec, Raymond Carver o Michel Houellebecq, pero nadie quiere ser lector. Quizás imaginan que ser lector es poca cosa comparado con poder ser escritor. Y ya se sabe que hay que escapar de la vulgaridad a toda costa.

Es una rueda cruel: quien quiere vivir de su arte, busca aprenderlo en algún lado; sale de ahí, se encuentra con una sociedad que ha dado la espalda a la cultura en favor del ocio –él mismo quizás también lo había hecho antes de querer vivir de su arte– y entonces sólo podrá aspirar a dar clases de su arte a gente que aspira a vivir de su talento y que... En fin.

Conozco a bastantes que tras quedar lamentablemente en el paro ahora buscan una forma de subsistencia con el que era su antiguo hobby, el arte. Si me preguntan, siempre les digo que no todos tienen hueco en un negociado más que pequeño, menguante; es más, quizás ninguno termine haciéndose un espacio propio. ¿Es justo? No tengo ni la más mínima idea. Tampoco sé si realmente es justo que alguien exija que su arte deba ser su forma de ganarse la vida –al fin y al cabo, ¿cuántos de los grandes maestros intocables fueron en vida unos muertos de hambre?–.

En cualquier caso, la creación cultural sigue teniendo una ventaja sobre el resto de las ocupaciones: si alguien te dice que tu cuadro o tu libro apesta, siempre puedes pensar que esa persona realmente no tiene ni idea de lo que está hablando; si son miles las personas que ignoran o menosprecian tu trabajo, no te preocupes: seguramente la sociedad no está preparada para tu talento, y sólo el tiempo pondrá las cosas en su lugar. Simple y reconfortante.

Quién sabe, quizás nuestras cabezas estén tan henchidas de grandes sueños, de ganas de ser un punto y aparte, que un día, muy pronto, van a explotar y lo van a dejar todo perdido. Y, desengáñense: lo van a tener que limpiar señores y señoras que de chavalines soñaban con marcar la diferencia.

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