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Las migas

Financiero y catalán

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Jesús Civera Si la llegada del luciferino «oro catalán» ya no provoca desconfianza en la sociedad valenciana es que o está muy necesitada o que ha mutado definitivamente sin que los responsables políticos hayan percibido la transubstanciación. El Sabadell se ha «apoderado» de una de las cabezas visibles de las finanzas valencianas, la CAM, y La Caixa –que junto a la Moreneta y el Barça forma el tridente de Cataluña– ha optado por inocular su espíritu crematístico en el Banco de Valencia. En otras épocas, de calendas más indomables, la burguesía valenciana hubiera decretado una guerra imperial contra el «invasor». Hoy se amolda a su papel subalterno, rendidos los supervivientes a intereses foráneos, mientras deja que el dinero se sobreponga a los prejuicios ideológicos propagados sobre la opinión pública desde la Transición. La burguesía valenciana marcó el campo de batalla y observó, desde las almenas de su castillo, cómo el personal –meras figuras moldeadas a su antojo– se peleaba en la calle por sus intereses de grupo. Banderas, cánticos y códigos lingüísticos por una patria inconsistente y fugaz mientras se derramaban bombas sobre la intelectualidad. Mero entretenimiento para algunos que cocinaban el verdadero plato desde las alturas. Hoy resulta que esos mismos ciudadanos, que entonces se hacían fosfatina agitados por hilos muy zorzales, han pagado el saneamiento de los bancos a fin de que otros bancos los compren, ya bien lavaditos y por un precio asequible (un euro por la CAM y otro por el BdV tras poner de los bolsillos públicos 4.500 millones), mientras ellos se pudren en el desempleo o bajo el desahucio.

Uno diría que la Transición político/sentimental se ha prolongado en la CV hasta que el sistema financiero catalán se ha apoderado del valenciano. ¿Quién podía imaginar una «mascletá» de esa magnitud? La «mascletá» habrá derrumbado los pilares del ayuntamiento de Valencia y habría sacudido el Palau de la Generalitat si en la Generalitat morara alguien. Silencio de Barberá, que ha de contemplar desde el balcón la falla ruinosa. Silencio de Camps, látigo de Tv3. Silencio de Bellver, que invita a las Corts a rebelarse contra el «dominio» catalán. Silencio de Castellano, que propulsa la Comisión de las Señas de Identidad con los herederos de Lizondo (que tenía alguna cuenta en La Caixa). Silencio, en fin, de todo el PPCV y aledaños, al que acaban de hurtar una parte sustancial de su destino, aquel que inseminó Broseta en «La paella de Els països catalans», gloriosa morada por la que han pasado discípulos y advenedizos bajo el lema inmutable: «mos ho volen furtar tot».

El que La Caixa se haga con el BdV es la noticia más inaudita desde la caída del franquismo y compite en el jardín de las delicias con esta otra: los peces del Júcar toman Voltarén. Significa muchas cosas. Una, que la crisis ha dejado «grogui» al empresariado valenciano. Dos, que el Palau carece de peso en ese mismo universo. Tres, que la realidad supera a la política (a la del PP). Cuatro, que la sociedad valenciana da signos de normalidad. Cinco, que el «oro catalán» existía. Y seis, que Eliseu Climent triunfa en su tierra después de la jubilación.

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