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Cambio de ritmo

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Javier Muriel Navarrete En ciertos ámbitos, si te mueves no sales en la foto. En otros ambientes, si te mueves en la dirección errónea acabas imputado. El poder es una curiosa estirpe que tiene sus propias reglas, y más allá de teorías conspirativas, lo cierto es que se preserva a si mismo contra toda amenaza no tolerada.

Son muchos los nombres que trufan el animalario nacional y cuyo recuerdo se vincula a un banquillo. Jesús Gil extendió su poder político a Ceuta y empezaron sus problemas. Mario Conde lo ha intentado en Galicia y le ha dolido la cabeza. Urdangarin usó y abusó de la confianza y ya tiene fianza. Artur Mas lanza un órdago independentista y, por ahora, sus cuentas son contadas.

El poder es así de curioso, tan pronto te ensalza como te fagocita emulando a Saturno con su hijo. Este dios romano presidía el tiempo, que al igual que el conocimiento, es la base del poder. Quien realmente ostenta el poder debe controlar el tempo. Nada debe ocurrir inesperadamente, todo debe seguir el compás marcado por un único metrónomo, porque si intentas marcar un ritmo distinto te echarán del baile.

De igual forma, el poder premia la información. No es que el poderoso sea más listo que usted, es que su riesgo es inversamente proporcional a su asesoramiento. Buena prueba de ello es el monólogo final de Ben Kingsley en la película Los Fisgones.

El poder es ese club privado al que te dejan entrar si respetas la etiqueta, es la reunión en la que tu opinión cuenta porque es la esperada, es la piscina en la que no se mea nadie y también es un buffet libre vegetariano. Si un día te pones zapatillas, discutes, miccionas o te pides un solomillo, serás repudiado con la inmisericorde contundencia de quien te agregó a su facebook y se avergonzó de tus comentarios. Si haces algo indebido que ponga en peligro a quien te abrió las puertas, o lo haces a destiempo, se activarán todos los resortes y mecanismos necesarios para convertirte en un paria, un apestado. El poder te permitirá que juegues un papel, pero sin creértelo. El día que te sientas autónomo serás decapitado, dejarán de pasarte el balón, y lo que es peor, negarán haberte conocido.

Sí. Después de haberte cedido el tiempo y la información para delinquir, te abandonarán a tu suerte como si no fuera con ellos, y pasarás a formar parte de un grupo cada vez más nutrido, «son todos los que están pero no están todos los que son».

No digo que el estado de derecho esté al servicio del poder, el Código Penal me libre. Pero efectivamente, la justicia solo hará uso de su instrumental sancionador en el momento, y solo en el momento, en que al poder le interese poner en su conocimiento los deslices del desheredado. No antes ni después. Al igual que no se puede desear lo que no se conoce, no se puede perseguir lo que permanece oculto.

Si la política es el arte de besar manos que se desean ver cortadas, el poder es quien corta las manos besadas. Así que ya sabes Artur, no intentes bailar por malagueñas al ritmo de sardana, no vaya a ser que le pidan al disc jokey el Rock de la Cárcel.

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