La mirilla

Recortes que duelen

 

Miguel Ferrary Recortar es matar. Puede parecer exagerado e, incluso, un poco demagógico, pero no puedo evitar mi creciente indignación ante las distintas medidas que ponen en cuestión la viabilidad del servicio público de sanidad. Habitaciones y servicios hospitalarios cerrados, menos médicos y enfermeros disponibles, resistencia a recetar determinados tratamientos por ser caros o a realizar pruebas médicas que son costosas. Esto se está convirtiendo en usual en el día a día de muchos españoles, también malagueños. Pero lo más indignante no es que haya recortes en sanidad, que juegan con la vida de las personas con una superficialidad preocupante, es que además hay políticos –muchos– que disfrazan el lenguaje, tergiversan la realidad o protagonizan vergonzosos silencios para esconder la realidad. Nos intentan hacer creer que todo está bien, que tenemos la mejor sanidad pública del mundo y que somos un referente. Nubes de humo que no esconden la precariedad de medios de muchos de nuestros hospitales, donde nos encontramos una decena de habitaciones de Oncología cerradas porque no hay gente para atenderla (Carlos Haya) o centros de salud donde cuesta que manden una prueba porque el gerente no quiere gastarse más dinero.

Las manos de trilero de los políticos han empezado a funcionar para que los recortes se disimulen, a veces aprovechándose de la profesionalidad de médicos, enfermeros, auxiliares y celadores que son incapaces de renunciar a un trabajo bien hecho aunque eso les suponga trabajar en unas condiciones impropias de su responsabilidad. Siempre habrá alguien que se ponga esa medalla, que diga que todo va bien que bla, bla, bla. Pero la realidad es tozuda y sólo hay que rascar un poco para encontrarse con que los recortes han pasado de ser necesarios a ser estúpidos.

El ahorro del gasto es el falso mantra que invocan nuestros políticos para justificar sus decisiones. Falso no porque no haya que reducir la excesiva deuda de las administraciones, sino porque es la excusa para promover la privatización sin sentido ni calidad o evitar tocar otras partidas que duelen más por reducir pesebres bien surtidos de favores e intereses.

Llegar a un hospital se está convirtiendo en una prueba de fe para muchos ciudadanos, que a veces dudan de si les curará el médico o el gerente que tiene que aprobar el tratamiento. Si la salud depende al final de un asiento contable, que Dios nos ayude.

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