En solo 725 palabras...

Surrealismo versus estupidez, ¿por qué no?

 05:00  

Juan Antonio Martín Llamé al interfono y mi amigo contestó con la prontitud del que está pegado al artefacto esperando que suene.

Con voz temerosa me dijo: Juan, pasa, la puerta está abierta, pero si no puedes hacerlo, por favor no me dejes solo€

Sin entender qué quería decir crucé el jardín y llegué a la puerta. La empujé y... ¡joder, casi me caigo dentro €.!. Detrás de la puerta, lo que otrora era el recibidor había desaparecido. En su lugar un infinita oquedad, profunda como la soledad no elegida. No se veía el fondo€

¿Puedes pasar, Juan? –preguntó Eulogio desde dentro–.

¿Cómo quieres que pase, tío? ¿Qué le ha pasado al recibidor, Eulogio? –pregunté–.

Casi mejor resumo, porque si no las setecientas veinticinco palabras puede que no me lleguen: Resulta que el recibidor de la casa de mi amigo Eulogio se ha marchado, al extranjero. Sí, así como suena. Lo del extranjero me lo dijo Eulogio, lo de la ausencia del recibidor lo presencié yo. Curiosa situación: yo en la puerta, sin poder entrar; él dentro de la casa; entre ambos, un hueco lleno de nada, porque si no sería otra cosa€ Finalmente, pude entrar por la puerta de servicio y lo acompañé durante unas horas.

Eulogio me contó que el recibidor llevaba unos meses triste, decaído, como angustiado€ Hasta el punto de que ya afectaba a toda la casa. Parece que toda la casa se fue entristeciendo por transferencia del recibidor. Es entendible porque la ósmosis no es solo cosa de la física. Las cosas del alma también se transfieren figuradamente así. Ahora, la tristeza también embarga a mi amigo. Lógico, vivir en una casa entristecida no es plato para nadie apetecible, sobre todo, en una casa en la que ya no hay recibidor€.

¿Quién se atreve a ir a una casa en la que no va a ser recibido? Supongo que nadie. Pobre Eulogio, el asunto lo ha tocado de tal manera que sufre un brote agorafóbico. No se atreve a salir de casa, no sea que en su ausencia también se marche el pequeño recibidor de la puerta de servicio, y entonces no podría entrar ni él mismo€ Su agorafobia lo ha llevado a pensar que si sale, la casa entera podría marcharse. Pobre amigo mío. Qué jodido está el asunto...

Pero, ojo, que la cosa no queda ahí€ Mientras conducía de vuelta me di cuenta de que las «tetas de Málaga» tampoco estaban –«tetas de Málaga» es el topónimo marinero del monte San Antón, por el perfil que este muestra desde la mar, sobre todo en arribadas por levante–. Málaga sin «tetas» era otra cosa, menos femenina, menos hembra, menos nutricia, menos poderosa€ Asustado, me paré, volví a mirar y nada, Málaga lucía mastectomizada. Queriendo entender, miré al mar, mi refugio, y fue peor, la mar también se había marchado€ En su lugar un paisaje sin culpa, que seguro que era hermoso, pero nada que ver con mi mar€ Ahí entendí lo de las tetas de Málaga, ¿para qué un par de tetas sin una mar desde la que admirarlas?

¿Qué estaba pasado?

Sonó mi telefonillo. Era Luis, un amiguete, profesor en la Facultad de Turismo.

Juan, si pensabas venir a verme no lo hagas –dijo–.

¿Y eso, Luis? –pregunté–.

Pues nada chico, que la facultad ya no está, que se ha marchado, creo que al extranjero€ Al llegar esta mañana nos hemos encontrado con que donde estaba el edificio, ahora hay un hueco, profundo como el silencio€

¿Y los alumnos? –inquirí–.

También se han marchado. Todos€ –escuché como un sollozo y Luis colgó–.

¿Qué pasará ahora con nuestro turismo? Ahora que ya teníamos facultad de turismo y que podíamos aspirar a formar un cuerpo de ejército de gente bien preparada, van y se marchan todos, los estudiantes y el edificio... Claro, ¿qué hace un edificio sin estudiantes y viceversa? Surrealista todo, oye€

¿Tendrá razón la secretaria general de Inmigración/Emigración –doña Marina del Corral– con lo del «espíritu aventurero» de nuestros jóvenes, como justificación de su creciente éxodo? Para mí que lo de esta señora había sido una solemne estupidez, pero visto el panorama, no sé, no sé€

Yo, por si acaso, estoy encerrado en casa, sin salir, no sea que se me marche sola. Si mi casa se va, tendrá que llevarme€ Ay, el espíritu aventurero de las cosas y las gentes€

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