Tierra de nadie

La escritura y la sombra

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Juan José Millás La sombra, como la escritura, necesita una superficie sobre la que proyectarse. No se puede escribir en el aire ni hacer sombras chinescas en el vacío. Así, la sombra deviene en una forma de escritura que se practica sobre el suelo, sobre la pared o sobre otros cuerpos. El género más parecido a la sombra es el de la biografía. La sombra te escribe y te describe y habla de ti, la sombra te perfila y te retrata, y lo hace tan bien, aunque de forma tan oscura, que a veces da miedo. La primera vez que un niño reconoce su sombra como propia se asusta de sí mismo al comprender que tiene un lado oscuro, oscurísimo, que ya había intuido, pero que no se le había presentado en toda su magnitud. ¿Ese soy yo?, se pregunta. Y no tiene más remedio que contestarse que sí, que ese es también él. Una vez que se acostumbra a su sombra, el niño comienza a jugar con ella, o eso cree, pues es la sombra la que juega con él.

El caso es que corren el uno detrás del otro, persiguiéndose de forma alternativa con la vana ilusión de separarse, pero eso solo ocurre en el cuento de Peter Pan. En la realidad, la sombra forma parte de nosotros como el hígado o el páncreas. De perderla, y dado que no se puede vivir sin lo que representa, se recurriría a los trasplantes de sombra como se recurre a los de órganos. Primero, claro, habría que averiguar cómo se le extirpa la sombra a un cadáver, en el caso de que no se separe por sus propios medios. Tras el fallecimiento de un ser querido, y durante una época al menos, nos parece ver su sombra por todas las paredes.

La de mi perro, que murió hace dos años, todavía se manifiesta en las del salón cuando enciendo la chimenea. La escritura, decíamos o intentábamos decir, es una suerte de sombra que proyecta asimismo nuestro lado oscuro. Incluso cuando la escritura es luminosa, se trata de una luminosidad algo siniestra. Por eso la escritura nos asusta también, sobre todo al principio. La emoción que se siente al escribir un buen poema incluye una porción de pánico. Pánico a haberlo escrito al dictado de ese otro que llevamos dentro. Pánico a haber sido un simple intermediario entre él y el lector. La escritura es una sombra, pero no sabemos de quién.

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