El adarve

Los cubiletes

La pretensión de mejorar la práctica docente a través de prescripciones es completamente desprofesionalizadora. Da a entender que los agentes principales de la mejora son los legisladores, no los profesores. No es posible imaginar que suceda algo semejante en la medicina

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Miguel Ángel Santos Guerra Por diversos conductos y ya desde hace tiempo, me ha ido llegando repetidamente esta historia que tiene su miga didáctica. Si no es verdadera, desde luego que está bien contada, como asegura el conocido aforismo italiano.

Reproduzco a continuación el relato que algunos amigos y familiares me han enviado, sin que haya habido por mi parte el menor intento de confirmación de los hechos. No me parece tan importante la veracidad del relato cuanto la reflexión que provoca.

Lo traigo a colación en este momento en que otra ley se cierne sobre las cabezas de los docentes, cargada de nuevas y contradictorias prescripciones.

«Esta es una sugerencia que un equipo de inspectores de la Consejería de Educación ofrecieron a los directores/as de centros educativos de una comarca muy cercana a Sevilla:

El alumnado debe contar entre su material con tres pequeños cubiletes de plástico: uno rojo, otro amarillo y el otro verde. Durante la clase, cada alumno atenderá a las explicaciones del profesorado y situará en su pupitre el cubilete que indique su comprensión de lo explicado. Rojo: «No entiendo nada». Amarillo: «No lo entiendo todo». Verde: «Lo entiendo». De esta manera, el docente, de un solo vistazo, captará si su explicación está llegando a la clase o, por el contrario, debe esforzarse por hacerse comprender y/o por bajar el nivel de complejidad de lo explicado.

Pero miren cómo la realidad supera a la ficción. En los experimentos dentro de una clase ocurría esto:
– Maestro, ¿para qué es el cubilete amarillo?
– Maestro, el Yosua me ha quitado los cubiletes.
– Maestro, la Yeni es una empollona, que siempre tiene el cubilete verde.
– Maestro, se me han perdido los cubiletes, ¿puedo ir al servicio?
– Maestro, ¿si saco el cubilete verde me aprueba?
– Maestro, mira cómo toco la batería con los cubiletes.
– Maestro, el Cristian me ha escupido en el cubilete.
– Maestro, yo lo primero lo he entendido pero luego no, ¿qué cubilete pongo?
– Maestro, ¿si traemos los cubiletes hay que traer también el libro?
– Maestro, yo el cubilete rojo no lo pongo, que me llaman subnormal.

Y es que sólo los que estamos dentro de una clase sabemos qué es eso. En los despachos parece todo muy bonito».
Hasta aquí, el relato que he recibido en el que se de forma meridiana la pretensión normativa y su choque con la realidad cotidiana.
Sé que esta historia tiene algo de caricatura, pero encierra una invitación a pensar. Los legisladores que no pisan las aulas saturan de prescripciones al profesorado. Sin previa consulta, sin más explicación que el ordeno y mando.

La escuela es una institución heterónoma. Algunos la han llamado «institución paralítica», porque no se puede mover por sí misma. No hay institución en el país con más carga de normas que la escuela. Todo está prescrito, todo está reglamentado. Los contenidos, los objetivos, los métodos, las evaluaciones (su número, su fecha, su plasmación en informes), las fechas, las normas, los cargos€

Decía Papagiannios con clarividente ironía (cito de memoria, perdonadme la posible imprecisión): «Los profesores tienen mucha libertad en el aula, la misma que tiene un conductor para poner en el radiocassette del coche la música que más le guste». Sí, la música que quiere pero el itinerario, el tipo de coche que conduce, las paradas, la velocidad€ otros regulan desde arriba.

No me extraña que muchos profesores y profesoras se sientan incómodos ante la inminencia de una nueva ley que nadie ha pedido y sobre cuyo contenido y filosofía nadie les ha consultado.

Ese mecanismo de cambio no funciona. Y, si funcionase, sería aún peor porque los profesores y profesoras podrían decir:
– Hagamos lo que dice la ley y, hasta que no digan otra cosa, sigamos como estamos.

Nace esta reiterada situación prescriptiva de la sospecha del legislador de que los profesores y profesoras no son suficientemente listos par saber lo que hay que hacer ni lo suficientemente diligentes para querer hacerlo.

No es posible imaginar que suceda algo semejante en la medicina. Es decir, que el ministro de Sanidad les dijese a los profesionales a través de diferentes leyes y normativas cómo tienen que actuar con cada paciente. Porque el especialistas diría:

Señor ministro, el profesional soy yo. Lo que usted tiene que hacer es darme una buena formación (no pretender formarme a través de la ley), un buen hospital, pocos pacientes para operar, un sueldo digno, el equipo humano y material necesario, formación permanente, dignificación profesional€

Esta pretensión de mejorar la práctica docente a través de prescripciones es completamente desprofesionalizadora. Da a entender que los agentes principales de la mejora son los legisladores, no los profesores.

La tendencia a la rutina no ha de salvarse con leyes sucesivas sino con la capacidad y voluntad del profesor de poner en cuestión su práctica, de investigar sobre ella, de comprenderla y de transformarla en su racionalidad y en su justicia. Cuando las instancias de cambio se sitúan fuera de la escuela lo que suele suceder es lo que me cuentan de un maestro que, cuando llegó la orden de trabajar mediante fichas, se negó a adoptar el nuevo método y le abrieron expediente. Años después le volvieron a hacer otro expediente porque ya no quería dejar de hacer fichas.
La piedra angular de la mejora no es el legislador sino el profesor. Un profesor bien formado, en un equipo cohesionado y comprometido, respetado y bien pagado es el verdadero agente de la calidad educativa y de la mejora. La táctica de imponer el uso de cubiletes es una forma de perder el tiempo y de tomar el pelo a los profesionales de la educación, a las familias y a la ciudadanía.

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